Historia
y Arqueología Marítima
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EL BUZO RODRIGUEZ
Por el Capitán de Navio Ingeniero JORGE NORBERTO VILACLARA - Publicado en el Boletin del Centro Naval Nº 741-Oct-Dic 1984
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Puerto Belgrano, 1940 A lo largo de su primer año de vigencia, la Segunda Guerra Mundial había adquirido una virulencia insospechada. La dramática retirada de Dunkerque, la caída de Francia, los intensos bombardeos a ciudades británicas y la acción submarina alemana dejaron perplejos a muchos países que como el nuestro, ya pesar de haber declarado su neutralidad, podían enfrentar dificultades por la extensión de sus litorales marítimos. Como los ataques submarinos a buques neutrales, a sabiendas o por error, habían demostrado que las mencionadas declaraciones no constituían un salvoconducto para asegurar paz y sosiego, muchos de estos países comenzaron a tomar medidas precautorias de defensa, tales como oscurecimiento en centros poblados, proyectos de refugios antiaéreos, vigilancia costera, etc. Nuestro país no podía permanecer indiferente ante estos aprestos y la Base Naval de Puerto Belgrano y su vecina Punta Alta fueron las primeras en organizarse e instruir a la población sobre las medidas a aplicar. Los viejos marinos deben recordar entre otras las rigurosas disposiciones que regían los ejercicios nocturnos tales como colocar papeles carbónicos en los faros y demás luces de los coches, el oscurecimiento de ventanas y la prohibición de fumar a la intemperie, medida esta tomada a raíz de informaciones de fuente inglesa, donde se había comprobado que un cigarrillo encendido podía detectarse a simple vista desde 3.000 metros de altura. La Escuadra no perdió tiempo ante las exigencias del momento y aparte de los patrullajes costeros comenzó a tomar medidas para intervenir en caso de situaciones severas. Se intensificaron los ejercicios de artillería y bombardeo aéreo, lanzamientos de torpedos, bombas de profundidad, etc. Durante un período de licencia se advirtió a todas las unidades navales y a los centros de aprovisionamiento que era de esperarse en cualquier momento un comunicado de la superioridad para la movilización total de la Flota, la que debía alistarse con material de guerra en el término de 48 horas de recibirse el comunicado. Por enfermedad de mi jefe, había quedado a cargo del Taller de Torpedos y comencé a preocuparme. En aquel tiempo dependía del Taller de Torpedos todo lo que no fuera artillería; es decir, torpedos, bombas aéreas, explosivos, minado y rastreo, servicio de buceo y guerra química. No había problema con el abastecimiento en general, pero se presentaba un serio escollo: La imposibilidad de distribuir 90 torpedos entre trece buques en tan poco tiempo por falta de un medio de transporte adecuado. Desde hacía varios años, su traslado se efectuaba en una falúa de madera, afectada también al servicio de buceo. Podía cargar una sola unidad y por carecer de propulsión propia se trasladaba a remolque. Su antigüedad se desconocía pero debía ser considerable a juzgar por el pésimo estado de su casco, que exigía continuas y poco confiables reparaciones. Cuando se cargaba un torpedo hacía agua por varios lugares y las latas para el achique manual formaban parte del equipo. En vista de la proximidad del anunciado operativo, transmití mis inquietudes al Suboficial Rodríguez, encargado del servicio de buceo y de la maniobra de torpedos, quien participaba también de mis temores. Me aseguró que la falúa no resistiría el trajín de noventa viajes de ida y vuelta casi sin respirar y nos podía jugar una mala pasada. "El casco está imposible, señor, la semana pasada, en cuanto coloqué a bordo la bomba de aire para el buzo, un costado de la caja lo aplastó y comenzó a entrar agua. La falúa tiene más de veinte remiendos con tablillas de madera. Pero hay una solución: Conseguir en préstamo una de las tres flamantes lanchas Thornycroft que llegaron hace diez días y descansan enfundadas sobre calzos bajo la grúa de 250 toneladas". No tenía la menor referencia de estas lanchas. Pero a los diez minutos me hallaba con el buzo sobre una de ellas, que parecía haberse diseñado especialmente para nuestras necesidades: La caseta del timón y el motor se hallaban a proa y el resto lo constituía una bandeja donde podían estibarse con comodidad cuatro torpedos sobre los mismos calzos con que se apilaban en el Taller. Calculamos que la entrega de los noventa torpedos podía realizarse en sólo 16 horas. Poco tardé en averiguar que las lanchas dependían del Jefe del Arsenal y se ignoraba aún su destino. Pedí una audiencia invocando razones de urgencia y me fue concedida de inmediato. El Jefe del Arsenal era el gran responsable del alistamiento de la Escuadra y con toda seguridad su preocupación debía ser mucho mayor que la mía. Nunca había cambiado con él palabra alguna y por referencias de colegas de la Casa de Oficiales lo sabía severo y de malas pulgas. Una consulta con el ayudante sobre su estado de ánimo no hizo más que aumentar mis inquietudes ante una tajante negativa, cosa que no demoró en confirmarse. Entré en su despacho y luego de la presentación de práctica me invitó a tomar asiento escritorio por medio. Hizo servir café, aclarándome que era la quinta taza que bebía en la mañana y sus nervios ya no le respondían. — ¿Qué le trae por aquí, teniente? Opté por retirarme pensando en su alusión al coro que en función de las dotes musicales heredadas de mis padres, había logrado constituir a pedido del cura párroco de la Base. Sus componentes eran todas esposas de oficiales superiores, lo que me valió no pocas pullas de mis colegas, que aludían a una vía no ortodoxa para asegurarme futuros ascensos. Volví al Taller y cité a mi oficina a Rodríguez. El buzo Rodríguez tenía además como antecedente una cabal demostración de sangre fría al haberse visto obligado a realizar la dolorosa tarea de serruchar el brazo de un colega aprisionado en el fondo de la dársena de la Base por la puerta flotante de uno de los diques de carena, episodio que hizo historia en la Marina. Asiduo lector, poseía en su modesta vivienda una nutrida biblioteca que había formado pacientemente con obras de las más dispares; junto a novelas de Tolstoi, Guy de Maupassant y Oscar Wilde se hallaban manuales de buceo, textos de análisis matemático, fauna submarina y una colección de la enciclopedia Espasa Calpe que había obtenido en un remate a precio irrisorio. — Suboficial Rodríguez, visité al Jefe del
Arsenal y se ha negado a prestarnos una de las lanchas nuevas. Meditó unos segundos y dijo: — Aunque la falúa resista, sabe usted que nos
será imposible cumplir en tiempo. ¿No podría insistir usted una segunda vez ante
el Jefe del Arsenal? Cinco días después llegó la orden esperada en horas de la noche. Se suspendieron licencias y se convocó al personal recurriendo a radioemisoras, cines, teatros, cafés y otros lugares de esparcimiento de Punta Alta y Bahía Blanca. A las tres horas se hallaba en sus puestos el 98 % del personal de la Base y de la Flota. Desde hacía una semana tenía dispuestos en el Taller ciento cinco torpedos con sus cabezas de combate colocadas y la carga completa de aire comprimido, agua y combustible. Sólo faltaban las espoletas reservadas para último momento. Cuando llegué a mi puesto, Rodríguez ya tenía sobre la falúa el primer torpedo. Eran las seis de la mañana y cuando apenas apuntaba la primera claridad sobre el horizonte, se acercó el remolcador. Dos minutos después se alejaba la falúa con el torpedo y el buzo. Desde tierra contemplaba su lento desplazamiento mientras tejía no muy halagüeñas conjeturas sobre el buen fin de la maniobra. Al llegar al centro de la dársena observo que Rodríguez luego de permanecer un instante agachado bajo el torpedo, se yergue de pronto haciendo señas con ambos brazos y vociferando hacia el remolcador, que detenía su marcha al tiempo que largaba el cabo del remolque. Aunque la distancia era considerable y había aún poca luz, se notaba que la falúa emergía cada vez menos e inclinaba su proa hacia abajo. El buzo Rodríguez se arrojó al agua dirigiéndose a nado hacia el remolcador. Antes de que llegara, la falúa con su torpedo había desaparecido. Al regresar con el remolcador y descender a tierra, el buzo Rodríguez con su indumentaria empapada y una sonrisa que trataba infructuosamente de disimular, se me cuadró militarmente diciendo: — Con su permiso, señor. Le doy parte que la
falúa con su torpedo se hallan en el fondo, presumiblemente por falla de uno de
los parches del casco. Nos hallamos sin querer ante la tercera alternativa. El Jefe del Arsenal se hallaba reunido con el Jefe de la Escuadra y los Comandantes de los buques en el acorazado "Rivadavia" y allí me dirigí cruzando la planchada poco menos que al trote. El oficial de guardia, que había presenciado por casualidad el hundimiento, me franqueó inmediatamente la entrada. No fue necesario llegar a la Cámara del Comandante pues el Jefe del Arsenal, ya enterado del asunto, avanzaba hacia mí por el pasillo. Abreviando la presentación, le dije sin preámbulos: — Sucedió lo que temía, señor. Se hundió hace cinco minutos la falúa con el primer torpedo que cargamos. Le reitero el pedido de una Thornycroft para salir del paso. No tengo otro medio de transporte. Ante mi sorpresa, no puso objeción alguna. — De acuerdo, teniente, pero con carácter precario. En cuanto zarpe la Escuadra reflota usted la falúa, la repara y me devuelve la lancha. Descendí a tierra y junto con Rodríguez, sorpresivamente con ropa seca y peinado pese al breve tiempo transcurrido, fui a buscar la lancha sin saber por cual de las tres optaría. Al llegar, Rodríguez me señaló una que ya había inspeccionado días atrás probando incluso el motor. La lancha se hallaba en tierra y me sorprendió que tuviera la linga colocada. — Apresúrese Rodríguez. Traiga usted él
combustible y consiga el guinchero para bajar la lancha al agua. La sospecha que se despertó cuando vi la linga se robusteció con estos aprontes y no pude menos que encarar al buzo: — No me engañe, Rodríguez. Usted hundió la
falúa. Sin creer un ápice sus argumentos, opté por callar y disponer la maniobra. Los noventa torpedos fueron entregados en 20 horas. Cuando zarpó la Flota fui llamado por el Jefe del Arsenal, quien reiteró un plazo de dos días para recuperar el torpedo, reflotar la falúa y devolver la lancha. Cité nuevamente a mi despacho a Rodríguez y le impartí instrucciones. Luego de concentrarse unos segundos, expresó: — Es lamentable, señor, que no dejen esta
lancha para nuestro servicio con carácter permanente aunque sea precario. A las siete del día siguiente se trasladó Rodríguez con dos ayudantes en la nueva lancha con la bomba de aire y otros implementos de buceo. Fondeado en el supuesto lugar del hundimiento, observé cuando ya en la escalerilla, le colocaban a Rodríguez la escafandra y poco después se sumergía. Volví a mi oficina sin dejar de observar de tanto en tanto la lancha. Dos horas después seguía en el mismo lugar con los dos ayudantes bombeando aire. Comencé a inquietarme y casi a punto de
trasladarme en otra embarcación para ver que ocurría, observo al buzo emerger,
subir a bordo y quitarse la escafandra, mientras se divisaba a un costado de la
lancha un fuerte burbujeo. Seguramente Rodríguez había abierto la válvula para
descargar 135 kilos de aire comprimido con el propositó de alivianar el torpedo,
que con su cabeza de combate quedaría no obstante con 144 kilos de flotabilidad
negativa. A todo esto, había emergido la falúa por sí sola pero en tres trozos. Se izaron a tierra y cuál no sería mi sorpresa al hallar en varias partes huellas del serrucho de Rodríguez. Le di cuenta de mi observación, que calificaba como otra trapisonda del buzo para que la falúa quedase defintivamente irreparable. Me confirmó que se vio obligado a utilizar el serrucho pues la falúa con el torpedo había dado una vuelta de campana. El torpedo se hallaba contra el fondo y la falúa encima, con la quilla hacia arriba. Era imposible llegar al torpedo si no se abría el casco. Y extraer todo junto podía dañar el torpedo, al que había que tratar con muchos miramientos por su elevado costo. No tuve otra alterantiva que aceptar sus explicaciones y concurrir al despacho del Jefe del Arsenal para informarle de mi ingrata novedad. Sentado nuevamente al lado opuesto de su escritorio, comencé a narrar el hecho tratando de suavizarlo con todos los argumentos de que era capaz, mientras me escuchaba con expresión severa observándome casi sin parpadear. Cuando terminé, ambos permanecimos unos largos segundos en silencio. Sin quitarme los ojos de encima e inclinándose levemente hacia adelante, me dijo: — Usted hundió la falúa complotado con el buzo. Permaneció unos instantes en silencio, ordenó dos cafés y se incorporó. A mi vez me puse de pie, pero me obligó a sentarme. Se acercó con un andar un tanto felino y apoyando una mano sobre el escritorio y otra en el respaldo de mi silla, me dijo en voz baja y casi al oído: — Le prometo formalmente no tomar contra usted medida alguna. Pero dígame en confianza, ¿hundió usted la falua? También en voz baja y actitud de conspirador, contesté: "No, señor. Puede usted tener la absoluta seguridad de ello. El que se haya hundido con el primer torpedo es una probabilidad contra ciento ochenta. También hay quien gana el primer premio de la lotería con una probabilidad contra cuarenta y dos mil". Volvió a su silla y cruzamos otra larga mirada. — Esta bien, teniente. Espero su informe. El informe estuvo listo al día siguiente y una semana después salía mi pase a la D. G. M. en Buenos Aires, pero por causas que nada tenían que ver con el episodio. Simplemente, se me encomendaría organizar con el concurso de la industria privada la fabricación de armamentos y equipos que no podían importarse a causa de la guerra. Esta tarea me impuso varios viajes al interior del país entre otros a Puerto Belgrano, ocho meses después de mi pase. Pude comprobar que la nueva lancha había sido incorporada definitivamente al servicio del Taller de Torpedos. Transcurrieron treinta años y hacía ya trece que mis relaciones con el arma habían terminado. Paseaba una tarde por la calle Florida en dirección al Centro Naval cuando alguien me toma del brazo. — ¿Cómo está usted, Capitán? Me volví y luego de dudar un instante reconocí al buzo Rodríguez, ya viejo pero con aspecto saludable. Rondaría los 76 años. Le invité a tomar un café. Sentados a la mesa y luego de referirnos a nuestras actividades posteriores al retiro, no pude menos que retroceder en el tiempo. — Mi estimado Rodríguez: Han transcurrido muchos años y
ambos hemos seguido otros rumbos. Pero siempre me quedó una duda sobre aquel
hundimiento de la falúa que nos dio tantos dolores de cabeza. En nombre de los
años que nos quedan por vivir, Rodríguez, ¿puede usted decirme la verdad? Nos despedimos poco después y no volví a ver a Rodríguez, me
enteré de su fallecimiento dos años después. En ese tiempo debía proceder al
pago de unos impuestos en la Dirección de Rentas de una ciudad suburbana.
Instalada en una vieja casona, la referida Dirección ofrecía un aspecto por
demás deplorable. Con los revoques caídos y varios claros en la madera de los
pisos, poseía un mobiliario desvencijado. Podía observarse que las mesas y
escritorios habían cumplido décadas de servicio sin reparar y el tapizado de
varios sillones colgaba como andrajos con el relleno a la vista. Comprobé que el
archivo se hallaba en el baño de caballeros y los mingitorios habían
desaparecido bajo pilas de biblioratos. Un fuerte olor a humedad impregnaba el
ambiente, que con toda seguridad constituía una residencia ideal para roedores. Le pregunté cómo él y su personal podían trabajar en semejantes condiciones y me contestó que pese a sus infatigables reclamos, no contaba con partida alguna que permitiera un mínimo arreglo. — Mire, Vilaclara. En cualquier momento puedo tener aquí un disgusto. Observe usted: Pisos de madera, muebles de madera y montañas de papeles. Cualquier desprevenido se olvida de apagar un fosforo y esto arde por los cuatro costados. No tengo extinguidores pese a mis insistencías. Los elementos de limpieza los pago yo con los subordinados, a quienes combato su fastidio con el argumento de que hay otros lugares donde la pasan peor, he visitado al Intendente y le pedí ayuda con el argumento de que siendo nuestra Dirección la principal recaudadora de fondos del partido, algo nos podía ceder para mejoran nuestra situación. — ¿Consiguió algo? — Absolutamente nada. Dijo que las recaudaciones tenían] otro destino, eran escasas y había que esperar tiempos mejores. Fue entonces cuando me acordé del buzo Rodríguez. Referí a mi amigo la historia de la falúa agregando en son de chanza que su única solución era abrir todas las ventanas y encender un fósforo a barlovento en horas de la madrugada. Se rió y me dijo que carecía de condiciones piromaníacas. Una semana después me entero por los diarios que el edificio había sido destruido por el fuego. A los pocos meses se instalaba la Dirección de Rentas en un edificio nuevo, con un mobiliario flamante y allí sigue funcionando hasta hoy. Visité al mismo Jefe en su nuevo despacho y le expresé mi preocupación en el sentido de que hubiese tomado en serio la historia de la falúa y mi sugerencia. — En absoluto. Además, había salido de
vacaciones y tuve que interrumpirlas. Se realizó una investigación de la cual
participé; y si bien nunca se supo el origen del incendio, se atribuyó a un
corto circuito. Es lo mismo que cuando una enfermedad es imposible de
diagnosticar se apela a un virus. Como fue en horas de la noche, si creyera en
fantasmas como los escoceses, podría atribuirlo al buzo Rodríguez. ¿Usted qué
opina? |
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