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Cinco millones. Diez millones. Trece millones... Cincuenta y seis
millones de pesos en mercaderías secuestradas en 1963, en el puerto de
Buenos Aires. Los fracasos de los contrabandistas se resumen en cifras y
concluyen con el remate. Pero detrás de este proceso administrativo y
judicial está la aventura. La llegada de un buque al puerto abre un
capítulo de novela policial y descubre un mundo que tiene su paralelo
con el del hampa, con su jerga pintoresca que se trasmite de boca en
boca y oculta su verdadero significado en la clandestinidad y en el
secreto

El "Straal-Balí" acababa de
amarrar. El segundo jefe de la Brigada de Fondeos, Agustín B. Corallo,
mirando hacia la cubierta, dice:
—A bordo deben de estar vigilando nuestra llegada, para alertar a la
tripulación. Prefieren perder lo que traen antes que dejarse sorprender
por nosotros.
Mastines detectivescos
No en vano, a los miembros de la brigada se los llama "sabuesos de los
muelles" y "hombres del tercer ojo". De su olfato depende que el
contrabando pase o que sea descubierto. O en última alternativa, que los
bultos, luego de volar a través de las escotillas y ojos de buey, sean
engullidos por el cieno de las dársenas, donde luego van a rescatarlos
los hombres ranas de la Prefectura Nacional Marítima.

Un ómnibus los ha transportado desde la
Aduana —su cuartel general— hasta las proximidades del barco. Son las
cinco de la mañana. De inmediato toman posiciones detrás de las estibas
de cajones a fin de no dejarse ver por los contrabandistas. A las ocho
de la mañana, todavía permanecen apostados. La bandera amarilla en uno
de los mástiles del barco, les cierra el paso.
—Hay que estar prevenido —comentan los
sabuesos, dominando su impaciencia, mientras a bordo del buque los
empleados de Sanidad, de la Prefectura y la Aduana cumplen su actividad
específica. A ellos incumbe el control sanitario, la verificación de que
no haya delincuentes entre la tripulación y el registro de la
documentación relacionada con la carga. Cumplidos estos requisitos se
arría la bandera amarilla y se concede "libre plática", lo cual
significa que está permitido subir o bajar de a bordo y descargar el
equipaje legal.
Barcos con prontuario
El permiso rige también para los sabuesos, que a una orden del jefe
toman por asalto todos los compartimientos del buque e inician la
pesquisa. Su instrumental es precario: linternas, destornilladores y
llaves inglesas. Su uniforme: overol azul, zapatillas de goma y boina
negra. El físico de cada uno se acomoda a las distintas tareas. Los más
forzudos, llave en mano, se aplican a quitar las tuercas de los tanques
y calderas; los más bajos trabajan en recintos de dimensiones pequeñas,
y losflacos se especializan en deslizarse dentro de tubos de diámetros
inverosímiles.

—En pocas horas debemos hurgar desde la
proa a la popa, desde la sentina al cuervo del trinquete, todos lo
escondrijos del barco. Los bultos vienen donde uno menos los espera.
El sabueso habla sin abandonar si trabajo y sin distraer su atención. La
práctica los ayuda a detectar el contrabando en los lugares más
insospechados. Y el prontuario de los barcos también. Los hombres de la
brigada saben de antemano si la faena va a ser ardua o no. La
nacionalidad de los tripulantes juega un papel decisivo en la búsqueda.
El segundo jefe confirma este juicio. Y
el "Straal-Balí", de bandera holandesa, está tripulada por orientales.
—Los chinos —dice— son verdaderos prestímanos. Esconden la mercadería en
intersticios y ranuras que ningún mortal creería escondrijo de perlas o
drogas.
Chorizos de marfil

El juego se vuelve apasionante. Poco
después resuena un grito de triunfo:
—¡Marfiles en los chorizos!
Los hombres encargados de revisar la cámara frigorífica, donde se
almacena la carne destinada al consumo durante el viaje, no habían
encontrado nada anormal en las reses ni en los trozos cortados. Se
disponían a salir cuando uno de ellos, de dedos largos y finos (sus
compañeros lo apodan "Dedos de Terciopelo") palpó los chorizos colgados
del techo y detuvo el paso:
—Un momento. ¡Aquí hay un muerto!
Los sabuesos llaman "muerto" a los objetos clandestinos. Efectivamente,
la sospecha resultó fundada. En seis chorizos encontraron sendas
miniaturas de marfil.
—Cosas de chinos —comentan.
Pero no revelan el menor asombro. Están acostumbrados. Y continúan la
búsqueda, animados por el descubrimiento. Unos minutos más tarde, en un
camarote, otro hallazgo. El escondrijo revela la misma técnica. Un
sabueso había pasado la mano por los percheros adheridos a la pared del
camarote. El ojo podría ser engañado, pero el tacto denunció una
aspereza anormal, como si los tornillos hubiesen sido manipulados.
Destornillaron los percheros y en el fondo de cada perforación apareció
una perla cultivada o una piedra de jade. En total, 82 percheros con
cuatro tornillos —y una piedra— en cada uno.

—Esto no es nada —explica el segundo
jefe—. La tripulación está prevenida. El "Straal-Balí" pertenece a la
misma agencia marítima que el "Boisseivan", un barco holandés tripulado
también por chinos, en el que descubrimos un contrabando de 14 millones
de pesos. Traían marfiles, alicates, navajas, automáticas, pero todo en
cajones. Al por mayor. El golpe frenó el contrabando millonario de los
buques holandeses que traen tripulación oriental.
—¿Y los tripulantes europeos?
—Son más arriesgados. Contrabandean a granel y sin tomar tantas
precauciones. En el "Monte Umbe", un barco español, ocultaron cartones
de cigarrillos en las sacas postales, que son inviolables. Pero igual
cayeron. Fue un contrabando millonario.
Camarotes sellados
El "Straal-Balí" traía un camarote sellado. Los tripulantes suelen
valerse de estos camarotes para burlar a la justicia. Pero los sabuesos
desconfían. Al entrar a dársena, las autoridades del buque pueden
solicitar al empleado aduanero un sello para tal o cual camarote que
permanece cerrado durante la permanencia de la nave en puerto. En estos
casos, las dependencias adyacentes son objeto de una revisación
especial.
Un sabueso, observando la tira de papel
con fecha, hora, sello y firma que , cruza la puerta, comenta:
—Podría repetirse el caso del "Marco" o del "Kirios Stellos".. . El
segundo jefe comprueba que el sellado está en orden, pero ordena la
investigación.
—¿Qué pasó con el "Marco" y el "Kirios Stellos"?
—Habían sellado una cabina flanqueada a ambos lados por los camarotes de
oficiales de a bordo. La puerta estaba perfectamente sellada, pero el
segundo jefe...
El sabueso baja la voz. —¿ Sabe cómo lo llamamos ? —agrega refiriéndose
a Agustín B. Coralio, el funcionario que día a día, desde hace 20 años,
dirige los abordajes de la brigada—, "Ojo electrónico". Cuando vio el
sello dijo: "Aquí dentro hay una mula más grande que la ballena de
Jonás". Bueno, entramos a una de las cabinas contiguas, desarmamos las
dos cuchetas atornilladas contra la pared y descubrimos una hermosa
trampa, un trozo de pared movible. Traían 120 cajones de cigarrillos por
un valor de 15 millones de pesos.
Herencia de piratas
Los tripulantes contrabandistas son herederos de los antiguos piratas.
Al fin, como sus antecesores, son hombres de mar. No solo los identifica
la profesión —aplicación de la piratería al tráfico marítimo actual—
sino la crueldad de su venganza contra los hombres de la Brigada de
Fondeo.
En cierta ocasión, mientras la brigada
revisaba un buque, dos de los sabuesos se introdujeron en la cámara
frigorífica (20 grados bajo cero). De pronto, alguien empujó la puerta y
la cámara quedó herméticamente cerrada por fuera. Horas después, cuando
la brigada iba a retirarse, advirtieron la ausencia. Volvieron a revisar
el buque y los encontraron tiritando. Por fortuna lograron salir con
vida encendiendo una fogata con trozos de grasa y restos de cajones. El
fuego los salvó de perecer congelados.
—El peligro está en las trampas. No hace
mucho, en un trasatlántico aleman, los tripulantes habían limado un
peldaño de la escalera de hierro que baja a la bodega. Al descender, un
compañero cayó al vacío. Ahora es un inválido. Cuando no es un atentado
es un accidente. Todavía recuerdan lo ocurrido en el "Arriero". Un
sabueso bajó a la bodega y murió asfixiado por emanaciones de petróleo.
El temor a un accidente no los arredra: conocen los riesgos de su
oficio.

Las bandas internacionales
El contrabando es un fenómeno común en todos los puertos, pero se
agudiza en los paises donde las cargas aduaneras lo convierten en una
operación que deja ganancias fabulosas, puerto de Buenos Aires, por ser
terminal de travesía, facilita a los tripulantes el desembarco de
objetos que, agregados a los que permite la franquicia legal,
constituyen el contrabando hormiga.
Los funcionarios aduaneros admite que,
salvo raras excepciones, todos los tripulantes introducen cigarrillos,
camisas y pequeños bultos cuyo valor no perjudica mayormente al fisco.
El sueldo de un marinero argentino o extranjero es de siete a nueve mil
pesos, la ganancia que le deja el contrabando hormiga casi forma parte
de las tradiciones del mar y es un complemente necesario de sus
ingresos. Los 200 ó 300 dólares que ganan los tripulantes de barcos
estadounidenses (subvencionados por el gobierno) no los hacen inmunes a
las tentaciones de las fáciles ganancias del contrabando.
Pero el verdadero contrabando en gran
escala, por docenas o cientos de millones, es el que tiene importancia
fiscal y económica. Y ese no lo manejan los tripulantes, sino que está
organizado por bandas internacionales, financieramente poderosas, que
operan sin escrúpulos y tienen cómplices y secuaces a bordo. No pagan impuestos, sino coimas:
obtienen ganancias astronómicas y corren enormes riesgos. Entre estos,
el más común es el de la delación. La Brigada de Fondeo se ha anotado
algunos de los mayores éxitos gracias a la información anónima de un
enemigo, de un envidioso, de un excluido en la división del botín. Sin
estos descontentos y estos traidores y sin aquellos atraídos por el
porcentaje que corresponde legalmente al delator, la brigada vería su
tarea enormemente complicada, porque un buque es el lugar ideal para
ocultar cualquier cosa, pequeña o grande. ♦
Habla un contrabandista
A bordo de un barco europeo surto en Puerto Nuevo, un activo
contrabandista explica la otra cara de la medalla. Nombre supuesto de
turno: Aurelio Fernández, alias inventado especialmente para el
reportaje.
—Yo no tengo nada que ver con los contrabandos que paso —asegura—. A mí
me dan el "muerto" y no me interesa de qué se trata. Mi trabajo consiste
solamente en encontrar un buen escondite, donde no lo huelan los
inspectores. Una vez que ellos dan vía libre, sube una persona y se
lleva el paquete...
Aurelio Fernández (por así llamarlo), es un hombre bajo y delgado, pero
musculoso. Trabaja como camarero en un barco de una compañía italiana.
—¿ No teme ser individualizado por sus respuestas?
Sus ojos grises ríen sin alterar la impasibilidad de su rostro.
—Ellos saben quién soy —dice por fin, apuntando con la barbilla hacia el
muelle—; pero mientras no me pesquen con las manos en la masa, estoy
tranquilo.
—¿ Hay escondites que desconoce la Brigada de Fondeo?
—Mire —explica, con lentitud—; cada barco es un mundo diferente. Yo
tardé meses en conocer a fondo éste. La brigada tiene olfato de sabueso
y cuando tiene una sospecha o se imagina una pista cualquiera, la sigue
hasta lo último. Pero ellos tienen unas horas para ver el buque, y yo
vivo en él. ..
Fernández se ríe abiertamente, con una risa de pocos dientes y se aleja
hacia una escalerilla, por donde desaparece. Tal vez va en busca de su
tesoro escamoteando a la Brigada de Fondeo.
Cabe pensar que los esforzados buscadores de "muertos" tendrían una
ayuda inapreciable, si los argentinos decidieran no comprar más
artículos introducidos ilegalmente en el país, cuyo mercado perjudica,
en último término, a los propios consumidores.

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