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Hoy, casi treinta años después de lo
sucedido, tengo circunstancialmente ante mi el Diario de Navegación
del Rastreador "Spiro", escrito durante la búsqueda del "Fournier"
perdido en el sur. Yo era entonces su Jefe de Navegación, y la
contemplación de esa, mi propia obra en aquel viejo libro, reverdece
hechos y emociones que creía olvidados: recuerdos de una época en
que nuestra soberanía se nutría del pequeño heroísmo cotidiano con
que hombres y mujeres, abnegadamente entusiastas, sobrevivían en
aquella inmensidad que para muchos sólo era una leyenda; recuerdos
bañados por una luz fría, pálida, triste, de la que el alma
angustiada se defendía con asociaciones espontáneas de fuego y
calor; recuerdos de un paisaje abrumado por la tremenda energía,
contenida y amenazante, en inestable equilibrio entre la calma
opresiva y el cataclismo inminente.
El cine en colores y la pantalla
gigante muestran hoy aquellos parajes y sus secretos abismos; sin
embargo, lo que la fotografía y el cine documental no pueden decir,
es qué sentíamos nosotros entonces, frente a aquel salvaje escenario
desolado y desconocido, librados a nuestra propia suerte,
prácticamente incomunicados y sin apoyo, confiados a precarios
medios de navegación en aguas peligrosas, donde patéticos relatos de
muerte y naufragios decían que la supervivencia era solo una
ilusión. Aquella fue una época de transición en que escorbuto sonaba
a arcaísmo y la niebla y el viento parecían superados por la máquina
y el radar; sin embargo, las encías sangraban, la máquina podía
fallar y el radar, elemental e inseguro, de pronto nos dejaba
sumidos en una blancura tan opaca como la niebla circundante.
Ushuaia
Presidida por la modesta casa de la
Gobernación y su muelle, la ciudad de Ushuaia era entonces un
humilde caserío de madera y chapas, recostado en las limpias aguas
de la bahía inmóvil. Los vidrios de las pequeñas ventanas cerradas
brillaban con esos destellos que la luz fría arranca de las cosas
humedecidas por la escarcha; en las chimeneas, un humo perezoso
esparcía el olor de la leña quemada en las salamandras; el barro de
las calles y el blanco de los faldeos recordaban la reciente nevada.
Un silencio audible, sólo interrumpido por el seco graznido de las
gaviotas, era el fondo musical de aquella soledad tremenda donde,
iluminados por el ojo bíblico de un sol acuoso entre amenazantes
nubes negras, los helados picos andinos prolongaban las almenas de
la Prisión siniestra.
La salvaje grandiosidad wagneriana de
aquel lugar inducía la sensación angustiosa de que allí el mundo aún
no había terminado de formarse y, en cualquier momento, un tremendo
sacudón volvería a poner en marcha aquel génesis detenido. Todo era
lejano entonces. Al frente, el Beagle difuso como un boceto apenas
sugerido por espejeantes pinceladas de luz entre negras sombras de
montañas aplastadas por nubes pesadas, obscuras e inmóviles; detrás,
las cumbres amenazantes con sus peligrosos pasos llenos de neblina y
misterio. Pero la tremenda quietud no era absoluta; como nuevo
Holandés Errante, purgando su culpa por supuestas evasiones,
homicidios y otros delitos, la goleta "Lobera" vagaba huidiza entre
las brumas con su carga de leyenda y realidad.
A este lugar llegaban nuestros
pequeños buques, muchas veces de noche, cuando la baliza del muelle
era la única luz viviente en aquella población dormida. Traían un
aura de noticias y buscaban el calor comprensivo de aquellos hogares
que sabían de las penurias sufridas para llegar hasta allí. Nuestra
misión era patrullar las costas hasta los profundos fiordos de la
Isla de Los Estados, donde, próximo a San Juan de Salvamento, "el
faro del fin del mundo", aún quedaban los restos del antiguo
cementerio abandonado; para aquellos leñadores, cazadores y
buscadores de oro, incomunicados entre sí en la soledad de sus
cabañas, las periódicas visitas del buque eran el único apoyo.
Las diversiones entonces no eran
muchas. Exceptuados algunos estancieros enclaustrados en sus feudos,
unos pocos comerciantes y algunos ex presidiarios que, cumplida su
condena, prefirieron quedarse allí ejerciendo algún oficio, el grupo
social se reducía a oficiales de marina y funcionarios de la
Gobernación con sus familias; no existían lugares adonde "salir",
excepto un cine precario que pasaba viejas películas, siempre
inconclusas ya que, si no se cortaban o quemaban, había un apagón o,
simplemente, por ser muy tarde, la usina interrumpía sus servicios
hasta el día siguiente y los asistentes debían regresar a sus casas
a la luz de sus linternas. De esta forma, las amables tertulias a
bordo, en las que todos lucíamos nuestras mejores galas, eran un
momento esperado.
Por entonces, sin embargo, comenzaban
a aparecer las primeras manifestaciones del progreso. En La Misión
se había inaugurado la Estación Aeronaval y, camino a ella, se
construían las nuevas casas del "villagio" para los italianos
inmigrantes de la postguerra. Cerca de la Gobernación a una cuadra
de la costa, abría su puerta el Kuanip-Club, una barraca abrigada
llena de humo y parroquianos que bebían y jugaban al billar o al
ping-pong y donde lo más divertido era precisamente la puerta en
cuyo umbral congelado muchos al salir patinaban iniciando un
enloquecido "slalom" hacia el mar, cuesta abajo, gesticulando como
desesperadas marionetas para abrazarse en la esquina al poste de luz
salvador cuya oscilante lamparita mostraba la fría alternativa del
mar. Por último, otra gran diversión, aunque no siempre posible, era
ir de noche con faroles a patinar en la laguna congelada.
Esta era la Ushuaia de entonces; el
avión traería grandes cambios, pero todavía el "Rastreador de
Estación" era un símbolo de la época.
El rastreador

ARA Granville
Con sus 59 m de eslora, 554 tn y
2.000 HP, no era un buque chico, ya que otros más pequeños
recorrieron también esas aguas en las que fueron famosos, pero estos
últimos estaban pensados precisamente para la tarea que cumplían y,
pese a sus dimensiones, tenían cualidades marineras óptimas. El
rastreador, en cambio, fue diseñado para cumplir una misión militar
específica, a la que se subordinaba cualquier otra condición:
sembrar y rastrear minas, una tarea costera no expuesta a las furias
de alta mar; su cubierta a sólo 1,25 m. del agua, sus bordas
cerradas y la amplia cola de pato, protegían al personal y
facilitaban el tralbajo con los cables, disminuyendo el peligro de
enredar las hélices. Pero, en alta mar, el bajo puntal daba acceso a
grandes masas de agua que, encerradas por la borda, escurrían con
demora por las bocas de tormenta, mientras la cola de pato golpeaba
de plano transmitiendo al casco sus alarmantes cimbronazos
combinados con las vibraciones del pesado paraván que entraba en
resonancia. A todo esto debía agregarse el inquietante peso alto de
los cables sierra y el radar agregado, así como también las escasas
28 toneladas de agua potable para una tripulación de 70 hombres.
El alojamiento no era mejor. En popa
vivían el Comandante, el Jefe de Máquinas y el guardiamarina. Tenían
la ventaja de estar cerca de la pequeña cámara, protegidos de la
temperatura ambiente por el agua de mar, cuyo superficie lamía los
ojos de buey que, por esta razón, debían permanecer cerrados y con
sus tapas acorazadas puestas en previsión de roturas por el golpe de
las olas. Esta condena al aire viciado y a la luz artificial no
conseguía anular las filtraciones, eternos lagrimones que, rodando
hasta el piso, formaban un charco en el que aparecían flotando los
zapatos junto a libros, fotos, papeles, y algún frasco de tinta
disparado del armario y estrellado contra el techo por un cimbronazo
que arrancaba las puertas. Tampoco era fácil dormir: la hélice,
prácticamente bajo la almohada, transmitía sus enloquecidas
vibraciones al embalarse en el aire y frenarse para retomar su
ritmo; a un lado, el sordo ruido burbujeante de los golpes de mar
contra la chapa húmeda y fría del costado sumergido: del otro, el
trueno atenuado del timón en constante movimiento.
La ventilación forzada era de aire
natural, es decir, helado en invierno y asfixiante en verano; la
supuesta calefacción provenía de pequeños radiadores a vapor que,
enfriado y licuado en su camino, llegaba apenas como agua tibia y
escurridiza que escapaba en hilitos.
En proa, bajo el puente, vivían el
Segundo y el Jefe de Navegación en sendos camarotes con baño
compartido. En verano, los mamparos calentados por el sol, creaban
un ambiente irrespirable; en invierno, barridos por las olas, se
estremecían y enfriaban hasta condensar a veces la humedad interna
en brillante escarcha. Salir de noche a cubierta para tomar la
guardia, cuando la puerta quedaba a barlovento, era una aventura
temeraria. Como se comprenderá, fue raro encontrar un mar
suficientemente tranquilo como para que estos buques resultasen
confortables. No obstante, el imperio de la rutina existía, los
trabajos se cumplían y las clases de alguna forma se impartían
aunque aquellos patéticos alumnos de cara verdosa, arrebujados en
sus gabanes, mucho no habrían de asimilar.
El viaje
Yo era Jefe de Navegación del "Granville",
gemelo del "Fournier". El 15 de mayo, tras cumplir la tercera etapa
de mar, zarpamos para Ushuaia, de donde regresamos el 9 de julio
para reincorporarnos a la Escuadra. Me encontraba finalmente con
licencia en Buenos Aires cuando, el 23 de septiembre, fui llamado
urgentemente desde Puerto Belgrano: el rastreador "Spiro" debía
zarpar de inmediato para el sur y su Jefe de Navegación, que no
podía embarcar, necesitaba relevo. Así comenzó mi aventura en este
buque.

El 25 de septiembre de 1949 a las 10,
salimos de la Base entre las pitadas con que los buques de la Flota
despedían a estos pequeños barcos cuando zarpaban para el sur.
Nuestra misión sería buscar al "Fournier", cuya posición se
desconocía desde hacía cuatro días.
Pese a estar en primavera, el tiempo
era fresco, pero el sol brillante ponía una nota alegre en la espuma
que el viento de proa comenzaba a levantar. Cruzamos el golfo de San
Matías sin novedad, aunque el barómetro bajaba en forma alarmante.
Frente a la Península Valdés nos alcanzaron las fragatas "Hercules"
y "Trinidad", que pronto se perdieron en el horizonte, mientras
nosotros, capeando lo que era un temporal y pronto sería un huracán
de más de 110 Km/h, buscábamos refugio en Puerto Cracker, donde
pasamos la noche. Al día siguiente continuamos viaje; el viento
seguía soplando muy fuerte, pero la costa nos ofrecía cierto reparo.
El 28 de septiembre, cuarta
singladura, a las nueve de la mañana, alcanzamos Faro Pingüino,
dejando atrás el golfo San Jorge y ganando nuevamente el reparo de
la costa muy oportunamente, pues el viento continuaba aumentando y
el barómetro descendía. El cielo despejado ya no existía y los cinco
grados de temperatura comenzaban a sentirse. Al medio día el viento
amainó, dejando en su lugar un amenazante suspenso. Esa noche me
enteré de que nuestro destino eran los canales fueguinos, por lo que
la pasé en vela estudiando la nueva derrota.
La quinta singladura, el 29 de
septiembre, nunca la olvidaríamos. Con un barómetro en sostenido
descenso, que ya marcaba 28 mm. y protegidos del viento por la
costa, nos aproximamos al faro Vírgenes, donde un fuerte mar de
fondo comenzó a sacudirnos en pronunciados balanceos, seguidos del
típico ruido que produce a bordo esa infinidad de cosas que se
mueven y golpean, desde el mueble pesado que rompe sus trincas, o la
vajilla que salta de su alojamiento y se estrella en el piso, hasta
los lápices que ruedan dentro de los cajones.
Al pasar punta Dungeness el viento
siempre en aumento y libre ahora de obstrucciones, arbolaba una mar
gruesa que se superponía a la onda de fondo cubriéndola de espuma.
El buque golpeaba y se estremecía vibrante contra el viento y daba
rolidos de hasta 32º mientras los motores, jadeantes al trepar las
crestas, suspiraban aliviados al bajarlas y deslizarse hacia la
verde oscuridad de los senos. Eran las diez de la mañana; entre las
nubes desgarradas de aquel ciclo sucio y lluvioso, pasaron dos de
nuestros aviones navales.
El viento había alcanzado una fuerza
huracanada de más de 110 Km/h, la mala visibilidad apenas permitía
avistar de vez en cuando aquellas costas bajas que el radar no
detectaba; el abatimiento era notable y nuestro único compás de
gobierno, magnético, estaba enloquecido. Pero había que seguir
adelante.
De pronto, cuando ya creíamos
alcanzar la Primera Angostura, el buque, que apenas gobernaba, se
atravesó y, metiendo la borda bajo el agua,
quedó dormido sobre la banda de estribor sin reaccionar.
Eran las 16 y 30. Yo, que estaba de guardia, conseguí abrazarme a la
bitácora y el timonel se mantuvo aferrado a su rueda; sumido en las
profundidades de lo que había sido la banda de estribor, y ahora era
el piso, el Comandante daba sus directivas, mientras colgado allá en
las alturas de lo que fuera el mamparo de babor, el guardiamarina
trataba de alcanzar la mesa de derrota para leer las características
de la baliza a la que tratábamos de aproximarnos para fondear, cosa
que conseguimos hacer, logrando que el buque se adrizara. A las
19.30, cuando hubo amainado algo, zarpamos, cruzamos la Angostura y
continuamos avanzando, pero a media noche el tiempo oscuro y
lluvioso persistente nos obligó a fondear, cerca de puerto Sara,
débil luz intermitente entre los chubascos.

La búsqueda
A las 3.30 desperté para tomar la
guardia. Pese al viento que sacudía al buque y estremecía los
mamparos de mi camarote, había dormido profundamente. El aire helado
del ambiente y la vista de la escarcha que brillaba en la superficie
interna de la puerta hacía aún más difícil abandonar la tibieza de
las mantas; pero sobre mi cabeza podía oir los pasos de quienes
trataban de entrar en calor mientras, extenuados, esperaban el
relevo, para quien dejarían preparado un café recién hecho.
Abrí la canilla para lavarme pero el
clásico soplido dijo que no había agua; me vestí, prendí un
cigarrillo para quitar el mal gusto de mi boca y salí a cubierta
tras vencer con el hombro la fuerza del viento que impedía abrir la
puerta: sobre el fondo de la noche negra, grandes copos de nieve
arrastrados por el viento se aplastaban silenciosamente sobre el
espeso manto blanco que lo cubría todo. Hacía frío; ese día la
máxima no pasaría de cinco grados, y la humedad del traje de cuero y
las botas que acababa de volver a vestir resultaba desagradable. A
las siete de la mañana zarpamos. Ese sería nuestro primer día de
búsqueda en la zona.

Hacía un frío intenso. El barómetro,
que desde la salida de Pto. Belgrano estaba descendiendo, pareció
detenerse, pero el temporal del WSW continuaba. Recorrimos el Canal
y pasamos frente a Punta Arenas y cabo San Isidro. Aunque la
visibilidad no era buena, pensábamos que no impediría que
encontráramos el "Fournier" en algún fondeadero, quizás averiado y
sin energía para comunicarse.
Durante la mañana avistamos dos
aviones en vuelo rasante que, tras reconocernos, desaparecieron
entre las nubes: no éramos el "Fournier" sino su gemelo; también
tuvimos la efímera emoción de avistar una vela, pero sólo era una
embarcación lugareña.
Seguimos avanzando con un fuerte mar
de fondo. La luz fría y despulida iba decreciendo y,
esporádicamente, entre girones de nubes rápidas y negras, podíamos
ver que los altos árboles de la orilla eran reemplazados por las
sombras fantasmales y húmedas de la costa acantilada: nos
aproximábamos al cabo Froward.
Pasado el mediodía, el temporal rotó
al SSW aumentando su furia. acompañada ahora por chubascos de nieve,
entre los que de pronto apareció un avión que, al vernos, regresó
haciéndonos señales; por un instante creímos que habría encontrado
algo, pero poco duró nuestra alegría y sin duda también la suya ya
que, al identificarnos, desapareció.
La nieve, cada vez más espesa, ya no
permitía ver cosa alguna. Debíamos fondear, pero en esas tremendas
profundidades no había tenedero: era necesario llegar a puerto Sholl,
cruzando la estrecha boca del canal Magdalena y las rocas y escollos
sembrados en la boca del surgidero. No había elección: guiados por
el pequeño radar y luchando con la onda que dificultaba el gobierno,
logramos fondear en 20 brazas de profundidad para pasar la noche.
Singladura 7. Octubre 1
Durante la noche nevó con viento
suave y así continuaba a las 3.30. cuando me levanté. Al aclarar
pudimos por fin ver dónde estábamos y por dónde habíamos pasado.
Aquella desolación imponente y angustiosa sugería un cataclismo del
que sólo quedasen algunos fragmentos caprichosamente esparcidos.
Aquí, siniestras siluetas de roca, negras y relucientes de humedad,
emergían al compás de la onda como afilados colmillos del abismo
hambriento babeando espuma en su incesante movimiento; mas allá,
destrozadas moles de piedra, contorsionadas y alucinantes, parecían
lanzar al cielo un alarido gesticulante y final subrayado por el
tremendo silencio del lugar.
Era como si el Génesis se hubiese
interrumpido y de la colosal sinfonía sólo perdurase el pianíssimo
de la nevada creando la expectativa de los atronadores timbales con
que, en cualquier momento, aquel absurdo adoptaría su forma
definitiva.(Poco después, esta sugestión del paisaje tendría su
confirmación en un violento terremoto que conmovió el lugar.)
Zarpamos a las siete para
circunnavegar Isla Dawson, algo así como una península usurada y
separada de la Tierra del Fuego por los glaciares. Debíamos navegar
con la máxima rapidez en aguas peligrosas, mal relevadas y poco
conocidas, con mal tiempo y baja visibilidad; era un riesgo aceptado
y todas las providencias a nuestro alcance, aún las de carácter
individual, para caso de supervivencia, estaban tomadas.
Cruzamos el Magdalena y pasando entre
las puntas Cono y Ansiosa, entramos al Canal Gabriel; continuaba
nevando y bajo la infinita tristeza de aquella luz, el lugar
resultaba siniestro.
El canal Gabriel es una profunda
brecha que tajea y cruza la montaña entre paredones coronados por
los hielos del glaciar. La visibilidad era mala, los chubascos de
nieve se alternaban con los de agua pero, pese a ello, tuvimos la
seguridad de que allí no podía haber otro buque y tampoco podía
haberlo en su prolongación que es el canal Cascada.
La zona de probable encuentro se iba
reduciendo: el "Fournier" pronto aparecería. Entramos al Whiteside,
donde soplaba un viento fuerte y creciente que pronto alcanzó la
intensidad de "temporal muy fuerte" del WSW y limpió las nubes bajas
permitiéndonos una mejor visibilidad; allí tampoco había buque
alguno. Recorrimos el Boquerón y, una vez más, la costa occidental
de Dawson, pero todo fue inútil: el "Fournier" no estaba; fondeamos
en puerto Hambre y aquel segundo día de búsqueda terminó.
Singladura 8. Octubre 2
Pese al reparo de la costa, el viento
muy fuerte del WSW siguió soplando toda la noche, mientras el
barómetro bajaba de 38 a 32. El buque se estremecía y pocos
hablaban; las largas horas bajo la lluvia y la nieve, el suspenso,
la comida olvidada y la triste realidad que se hacía evidente,
helaban el alma y cada uno ocultaba lo que ya todos temíamos. Allí,
en puerto Hambre, nos reunimos con el "Lautaro", el "Sanavirón" y
el '"Bahía Blanca", el que atracó durante la noche a nuestro costado
para darnos agua.
Pasado el mediodía zarpamos para
explorar una vez más la costa occidental de Dawson, navegando a unos
dos mil metros de ella; lo que buscábamos ya no era un buque sino
sobrevivientes o restos del naufragio. Sin embargo, el mal tiempo
nos aguardaba como queriendo asegurar su presa; el viento roló al
Sur y pronto estuvimos envueltos en un temporal muy fuerte entre
densas nubes negras que traían la obscuridad. Continuamos en
dirección al canal Magdalena aproximándonos a la sombra borrosa del
cabo Froward cuando de pronto, al perder su reparo, nos encontramos
en plena tempestad: el viento enfurecido, entubado en el canal desde
el W., nos tomó de costado dándole al buque una peligrosa escora
acentuada por las grandes olas de corto período que llegaban una
tras otra sin permitirle reaccionar. Las aguas restringidas y el
gobierno dificultoso limitaban la maniobra, pero bordejeando como
pudimos, logramos cruzar y ganar el reparo de la isla Araccna,
fondeando en bahía Shell. Eran las ocho de la noche.
Jamás podré olvidar aquel tremendo
escenario crepuscular, desolado y sacudido por la furia del mar,
cuya grandiosidad y tristeza despertaban una angustia profunda
imposible de explicar. Su contemplación y la experiencia que
acabábamos de vivir, nos hicieron presentir lo que podía haberle
ocurrido al "Foumier".
Singladura 9. Octubre 3
Al amanecer se mantenía el tiempo
sucio y lluvioso, pero el barómetro subía lentamente de 733 a 742;
el viento había amainado y mejorado la visibilidad.
Nos dirigimos a Punta Cono. Este
lugar, quizás por la circunstancia en que lo habíamos conocido,
constituía para todos una especie de obsesión. Sin embargo, existia
allí una vivienda primitiva que. atentamente observada en nuestras
anteriores pasadas, no había dado señal alguna. Esta vez,
desembarcaríamos.
Lentamente nos acercábamos dando
amplios rolidos, movidos por la onda pesada y profunda que rompía en
las rocas de la costa, cuando de pronto, entre las piedras negras y
brillantes, surgió una canoa que se aproximaba haciendo señas: la
tripulaban sólo mujeres que con arisca timidez nos indujeron a
seguirlas.
Arriamos el bote a remo y
desembarcamos. En la primitiva vivienda, rodeados de chicos y
perros, algunos hombres reticentes observaban nuestra llegada. Por
fin, vencida su desconfianza, nos guiaron hasta un lugar donde
prolijamente reunidas, brillando húmedas bajo la fría luz de la
mañana, descansaban las evidencias de lo sucedido: el mástil roto,
un bote con sus regalas arrancadas a la altura de las trincas. -. y
un salvavidas quebrado con la inscripción temida: ARA FOURNIER.
En otro lugar cercano, protegido por
pieles y rocas que las sujetaban, estaba el cuerpo del primer
náufrago que encontramos. La soledad, el silencio y la grandiosidad
del lugar parecían más tremendos que nunca. Le tomé las impresiones
digitales como pude y, recogiendo el salvavidas, regresamos. Sin
duda nuestros rostros mostraban la emoción reprimida pues, al
acércanos con el bote, los del buque nos recibieron con ese trato
casi tierno que se reserva a los heridos. "Hijo ¿qué ha sucedido?",
preguntó el Comandante, y tras recibir mi informe, dispuso que
bajásemos a calentamos mientras los demás se hacían cargo de la
maniobra.
A las 11.15 se arrió la lancha a
motor y, con ella y el bote, apoyados por el buque, se recorrieron
palmo a palmo millas de costa, pero fue en vano. A la larde, la
lancha entregó al "Sanavirón" los restos encontrados para llevarlos
a Punta Arenas.
El cielo gris, el mar calmo y el
viento ausente, parecían respetar nuestro estado de ánimo. Cerca de
medianoche fondeamos en Sholl, donde también estaban el "Lautaro" y
el "Babia Blanca".
Al día siguiente, 4 de octubre,
exploramos Bahía Filton, distante unas 60 millas de Sholl. El
barómetro subió de 741 a 745 y el tiempo se mantuvo nublado pero
calmo.
Cruzamos una vez más el Magdalena, el
Gabriel y el Cascada, bajo los empinados hielos de la costa sur. En
el trayecto una última esperanza efímera nos conmovió por unos
instantes: atraída por las largas pitadas con que tratábamos de
llamar la atención e infundir aliento a los posibles sobrevivientes,
apareció una vela; pronto comprendimos que sólo era una pequeña
embarcación lugareña que se aproximaba en boca de noticias y los
pobladores que la tripulaban nos dijeron que jamás habían visto un
temporal tan terrible y persistente como e! del 21 de septiembre.
Bahía Filton era una especie de
profundo saco en cuyo fondo flotaban los hielos, pero parte de su
costa estaba cubierta de bosques. Era una zona sin relevar; en la
carta no existían sondajes y las orillas sólo aparecían punteadas.
Pese al riesgo, entramos; el temporal del W podía haber arrastrado
hasta allí alguna balsa y era necesario revisar.
La búsqueda no dio resultado, pero en
el camino de regreso a Sholl, aproximadamente a las 21, nos cruzamos
con el "Bahía Blanca" y poco después con una de sus lanchas, que
informó haber hallado otro cadáver, esta vez en Punta Ansiosa,
frente a Punta Cono, en la boca del Gabriel. Esa noche fondeamos en
Sholl, donde nos reunimos con la "Hércules".
Singladura 11. Octubre 5.
Al día siguiente regresamos a Filton.
El barómetro en ascenso, de 746 a 752, prometía buen tiempo.
Cerca ya de nuestro destino avistamos
un humo en el Whiieside y nos dirigimos a investigarlo. La
temperatura era de solo cinco grados, pero algunos indecisos rayos
de sol destellaban en la nieve y, filtrándose entre las retorcidas
ramas negras de los árboles, iluminaban el musgoso piso obscuro
brillante de humedad. La opaca monotonía gris de tantos días parecía
terminar y aquel suave claroscuro nos parecía un alegre colorido.

Poco duró la anterior sensación
frente al helado paisaje de Filton, donde fondeamos; mientras el
bote sondaba en torno al buque, con la lancha y el chinchorro a
remolque fuimos a explorar la costa cercana a Punta Hielo, cuyo
nombre nos excusa de mayores descripciones. Navegábamos con
precaución, sondeando, pues la marea estaba próxima a bajar y no
queríamos quedar atrapados, lo que sin embargo sucedió cuando, de
pronto, la barra emergió a nuestras espaldas dejándonos aislados.
Caímos proa al mar, fondeamos y saltamos al agua para apuntalar la
lancha protegiendo el timón y la hélice.

En instantes, como una extraña Arca
de Noé, habíamos quedado en plena colina con el hielo a nuestras
espaldas y allá, a cientos de metros, el agua que tardaría seis
horas en volver.
Sin duda nuestra situación era, por lo menos, insalubre. Felizmente
la temperatura no bajó de cinco grados y el viento que soplaba del
sur, rotó al este, dejándonos al reparo de la montaña. El
transreceptor, tan exigido esos días, no lograba comunicarnos con el
buque: sólo quedaba instalarnos lo mejor posible y esperar la marea,
tratando de no imaginar lo que pensarían a bordo.

A las 18,30 apareció el buque, que
navegando con precaución en aquellas aguas desconocidas se acercó
cuanto pudo, e intercambiadas algunas señales, regresó a su
fondeadero. El tiempo se mantuvo sereno y aquella noche vimos las
primeras estrellas. Volvió el agua y, otra vez a flote, regresamos
sin más inconvenientes y a tiempo para cumplir mi guardia de cero a
cuatro.
El 6 de octubre amaneció gris y frío,
con barómetro nuevamente en descenso. Pese a ello, con la lancha y
el chinchorro fuimos a explorar la parte boscosa de la costa, pero
horas después debimos regresar entre pesados copos de nieve que,
deslumbrantes sobre el fondo obscuro de los árboles, impedían la
visión. Intentando ganar tiempo, zarpamos con el buque para recorrer
el Cascada, pero allí encontramos mal tiempo del NNE por lo que,
entre chubascos de nieve, regresamos al fondeadero donde
permanecimos hasta el día siguiente.
Singladura 13. Octubre 7.
A las 3,30, cuando me levanté para
tomar mi guardia, no había viento, pero continuaba cerrado y sucio.
A las seis se levantó un suave viento del W que parecía limpiar,
mientras el barómetro se mantenía estable en 746 mm. A las ocho
zarpamos y entregué mi guardia. Quise permanecer en el puente, como
siempre lo había hecho mientras navegábamos, pero todos estábamos
extenuados y el lugar ya era conocido; el Comandante ordenó que me
retirase a comer algo caliente y dormir hasta que me llamase.
Llegué a las tibias profundidades
protegidas de la cámara, de la que tanto tiempo hacía que no
disfrutábamos, y pedí un café con jamón y huevos. Soñadoramente
disfrutaba el confortable calorcito imaginando el aromático plato
que esperaba; bajo mis pies, la popa se estremecía a impulso de las
hélices que aceleraban mientras crugía el timón, y los golpes de mar
en la cola de pato cada vez más pronunciados, indicaban que afuera
había mal tiempo.
Realmente era así; un fuerte viento
del WNW arbolaba mar gruesa que cubría de espuma la superficie.
Rendido como estaba, aquello no podía molestarme; me acurruqué en el
rincón del cojín y, calzando una bota contra la mesa, disfruté la
espera.
Eran las 8.45. Tomé los cubiertos y
me incliné sobre el humeante plato dejado frente a mí. En ese
instante, que jamás olvidaré, un espantoso crujido seguido de
fuertes golpes frenó el buque, que comenzó a dar fuertes bandazos
entre tremendos ruidos. El plato saltó de la mesa al suelo y.
parándome como pude, subí a cubierta.
Estábamos lejos de la costa y un mar
enfurecido, deshecho en espuma por los escollos sobre los que
habíamos encallado, rompía sobre el buque que a impulsos de la
fuerte onda, se elevaba para volver a caer entre rugidos sobre uno u
otro costado. Nos estábamos destrozando, rodeados de aguas profundas
y heladas.
Tomadas las primeras providencias, se
decidió que el personal no imprescindible para la maniobra
abandonase el buque, encargándoseme de tal misión ya que. al
parecer, mis funciones de navegante habían terminado.
A fin de aligerar peso y proveer a la
seguridad de quienes quedarían a bordo, amarramos entre si y
arrojamos al mar cuanta cosa pudiese flotar: bancos, minas de
ejercicio, paravanes y toda una serie de elementos heterogéneos
quedaron así flotando por la popa, con una retenida a cargo de un
hombre a quien recomendé no amarrarla y largarla si el buque se
hundía.
En medio del agua enfurecida y entre
fuertes golpes conseguimos arriar la lancha y el chinchorro,
manteniéndolos apartados para que no se destrozasen contra el casco.
Embarqué cuanta gente pude, lo que no fue fácil, porque aquello era
como saltar de la sartén al fuego, y remolcando el chinchorro nos
dirigimos hacia la costa Este, que era la más cercana aunque sin
sotavento. Difícilmente habríamos alcanzado la otra con mar y viento
en contra.
Fondeamos la lancha antes de la
rompiente y fuimos desembarcando al personal en sucesivos viajes del
chinchorro que, retenido por un virador, se aproximaba a la costa lo
necesario para saltar al agua haciendo pie. Terminado el desembarco,
regresábamos al buque luchando contra el viento, cuando vimos que el
barco se movía y alguien, increíble fruto de adiestramiento, arriaba
el pabellón del asta de popa y lo izaba en el pico, señal de buque
navegando.
Lentamente, muy escorado, fue
saliendo de las piedras y describiendo un amplio círculo puso proa a
Filton- Intentamos seguirlo pero nos señalaron que regresásemos a
tierra; así, solo y maltrecho, lo vimos alejarse mientras alguna voz
estrangulada murmuraba "pobre buquecito"...
Regresamos a la costa, fondeamos la
lancha a prudente distancia y cruzamos la rompiente con el
chinchorro, al que conseguimos poner en seco sin la menor avería. Lo
que acababa de suceder era un riesgo aceptado y las previsiones
estaban tomadas. En tierra ya ardía una hoguera, junto a la cual los
hombres se habían desvestido para calentarse y secar sus ropas,
mientras una gran olla de café desprendía su aroma y manos
diligentes preparaban el asador para el cordero que, conservado por
la temperatura ambiente, manteníamos listo en las embarcaciones.
Aquello no fue una fiesta, pero sirvió para levantar el ánimo.
Mientras tanto, el hombre encargado
de los flotadores arrojados por la popa del buque, al sentir que
éste se movía, los dejó en libertad: poco después, ya dispersos por
la acción del mar, fueron avistados por un avión que, en vuelo
rasante y no viendo al buque en las proximidades, supuso nuestro
naufragio.
Seguía nublado y sucio pero no llovía
y, pese al fuerte viento, la temperatura resultaba soportable.
Nuestra preocupación era el buque: no sabíamos qué podía haberle
sucedido e ignorábamos si el mensaje largado en esa zona de
caprichosa propagación habría sido recibido.
Pasado el mediodía vimos al
"Sanavirón" cruzar a lo lejos y tratamos de llamar su atención con
bengalas, pero desapareció sin respuesta alguna... Cinco largas
horas después nos rescataron y transportaron a nuestro buque, que
estaba fondeado en Filton lamiendo sus heridas. La singlatura número
trece del Rastreador M13. había terminado.
Al día siguiente todo lo vivido hasta
entonces parecía un sueño. El "Spiro" reposaba apacible en el agua
cristalina de una alegre bahía, entre los graznidos de las gaviotas
que recordaban la primavera; el sol espejeaba en el casco y la
temperatura alcanzaba los veinte grados. Por los ojos de buey
abiertos a la luz reverberante entraba el aire puro trayendo las
voces animadas de los hombres que baldeaban la cubierta, mientras
otros inspeccionaban el casco, tapaban filtraciones y achicaban los
lugares inundados. E! "Chiriguano" atracó a nuestro costado para
darnos agua y combustible y asi llegó la noche.
Singlatura 16. Octubre 10
Desde Filton nos trasladamos a Sholl
donde fondeamos, encontrando a la "Hércules" en el lugar. En el
trayecto se solucionaron algunos inconvenientes en los dínamos;
aparentemente el único problema pendiente era una limitación en la
velocidad, pues al llegar a cierto número de revoluciones las
hélices entraban en resonancia. Dadas las circunstancias, se decidió
nuestro regreso a Ushuaia, distante 185 millas. Zarpamos a las seis
de la mañana con mar y viento en calma, pero tiempo sucio y
barómetro en descenso, de 743 a 738. Navegamos el Magdalena y la
primera parte del Cockburn en perfecta calma, contemplando entre las
nubes las nieves eternas y los hielos de los glaciares, que
devolvían el seco ruido de nuestros motores en medio del tremendo
silencio. Una limpia estela surgía de nuestra popa y se diluía entre
las cercanas rocas de la costa, pero esta especie de "Tempe
Argentino" habría de durar muy poco.
Quedaban atrás lugares tales como
Puerto Hambre, Bahía Inútil, Punta Ansiosa. Puerto Esperanza, pero
lo que aún faltaba recorrer, según la evidente experiencia de
quienes nos habían precedido, no era mucho más alentador: Islas
Laberinto, Bahía Tormentosa, Seno Bluff, Seno Brujo, Seno Chasco,
Furias del Este, Furias del Oeste, Canal Ocasión, Isla Quemada.
Bahía Desolada, Puerto Engaño, etc.
Al doblar Cabo Tura comenzó a soplar
viento del norte, que luego se afirmó del ENE con densos nubarrones
y chubascos que por momentos impedían la visibilidad.
Paulatinamente, el espejo de agua se transformó en una infinita
desolación gris salpicada de rocas barridas por la gigantesca onda
del mar que curvaba el horizonte, confundiéndose con el cielo
desflecado por veloces nubes negras en perpetua mutación. Aquella
salvaje inmensidad encogía el alma hundiéndola en confusas emociones
primitivas: no se sabía si aquello era el Soplo de la Creación
demorada o el triste fin del Apocalipsis, al que hubiésemos
sobrevivido como solitarios testigos; un Universo de aguas y rocas
en el que el único vestigio de calor y vida fuese aquel barquito
empequeñecido.
Vibrando por el esfuerzo que parecía
frenar las hélices, trepábamos las olas hasta su cumbre de espuma y,
tras un instante de efímero equilibrio, descendíamos en enloquecidas
guiñadas hacia el siguiente abismo. No había margen para errores;
ninguna señal puesta por el hombre permitía identificar aquellos
lugares que sólo a ratos entreveíamos. Canal Ocasión, sembrado de
rocas en su entrada, debía parecer una grieta en el paredón rocoso
al que nos aproximábamos, pero ese mismo aspecto suelen tener las
vecindades de cabos y puntas.
¡Allí estaba! Esa tenía que ser la
entrada; caímos proa a ella y, con el mar de través, nos lanzamos en
una corrida sin retorno en la que parecía difícil predecir si en el
momento oportuno la proa tendría la orientación adecuada o si nos
destrozaríamos contra las piedras.
Entramos y de pronto fue la calma,
aún cabalgábamos en la onda pero había cesado el viento... Así es el
Sur; minutos después aquello era una enloquecida tobera en la que el
buque gualdrapeaba sacudido por el chubasco enceguecedor. Por fin
salimos al Brecknock donde había más espacio dc maniobra y,
reparados del mar por las islas, cruzamos Paso Belgrano entrando al
Canal Ballenero donde, a las 19.50, fondeamos. Habíamos navegado
sólo 90 millas pero de intensa emoción ya que, como se comprenderá,
pese a las inspecciones y peritajes, nuestra fe en el buque estaba
bastante disminuida. Por fin descansaríamos unas horas; esto era lo
que yo creía.
Singlatura 17. Octubre 11
Puerto Engaño, tal era el nombre del
fondeadero. Hizo honor a su nombre. Y lo de dormir fue sólo una
ilusión. Pese al aparente reparo de la costa, un viento desatado del
WNW se metió en el fondeadero y sacudió el buque hasta hacernos
garrear fondeamos otra ancla y aguantándonos sobre la máquina
permanecimos así hasta que amaneció y pudimos zarpar.
Navegando el O'Brien y el Brazo NW
del Beagle llegamos a Ushuaia donde, a las 18, amarramos al muelle
de la Gobernación. Allí permaneceríamos once días, pero nuestras
aventuras no habían terminado.
El regreso
El 22 de octubre, a las 6.30.
zarpamos para Puerto Belgrano. Habíamos permanecido en Ushuaia once
días y la única deficiencia importante del buque era una limitación
en la velocidad impuesta por la hélice averiada que entraba en
resonancia.
Salimos con buen tiempo, y el ansia
de llegar a nuestros hogares hacía que el sonido del escape
cadencioso de los motores, devuelto por la montaña, sonase a música
celestial; cinco días y ¡en casa! El vasto cristal azogado que
cantara Darío era realmente apenas rayado de vez en cuando por el
vuelo de algún pájaro o el apresurado decolaje de un "pato a vapor".
Pero este "adagio" no habría de aburrirnos; como un violín
pianissimo, una naciente brisa fue rizando el agua hasta entrar en
un crescendo de toda la orquesta que pronto soplaba a pleno sobre el
rumor apagado de los truenos. Fondeamos en bahía Aguirre; una noche
perdida.
Pese a que cada trozo de guardia
cumplió a conciencia con su deber de concentrar el fluido mental
para calmar el viento e informar de tan buena novedad al Comandante
quien dispondría zarpar, esto recién sucedió al aclarar. El viento
amainó y. en su lugar, una seductora brisa del SE nos indujo a dejar
el refugio pero, cuando entramos al Le Maire, rotó al SSW y se
transformó en lo que en realidad era: un musculoso temporal.
Buscando el sotavento, navegamos a 2000 metros de la costa donde la
corriente, pese a la reducida velocidad de máquinas, nos hizo dar 15
nudos. De pronto, esta misteriosa fuerza que tan oportunamente nos
empujaba hacia adelante comenzó a abatimos sobre la costa
poniéndonos en la necesidad de hacer un magnífico descubrimiento:
superada la frecuencia crítica de resonancia, la hélice volvía a
comportarse bien a máxima velocidad.
Frente a la boca del Magallanes el
temporal, dejándonos al cuidado del mar de fondo permanente en ese
lugar, se trasladó a Santa Cruz donde nos esperó con renovados bríos
para sacudirnos toda la noche y el día hasta el atardecer, en que
calmó rotando al NE.
En las primeras horas de la noche del
25 de octubre, nuestra cuarta singladura, alcanzamos la Isla
Pingüino, lugar de decisión para cruzar o no el golfo San Jorge: el
cielo estrellado y el mar calmo eran una invitación, caímos al Norte
y nos largamos. Todo iba bien y filábamos 14 nudos, cuando el
barómetro que estaba en 746 bajó bruscamente a 736: a las seis de la
mañana capeábamos un temporal fuerte del NNW que a las cinco de la
tarde rotó al NNE. Perdida la esperada protección de la isla Leones
entramos a Bahia Huevo, un pequeño paraíso de arenas limpias y aguas
transparentes al que se llega por una reducida entrada entre la
península San Antonio y el islote Valdés que le dan protección.
Creímos que allí perderíamos otra
noche, pero nos equivocamos: perderíamos tres días. En la mañana del
26 de octubre pretendimos zarpar, pero el viento saltó al SW con
fuerza de temporal y nos quedamos; al mediodía el cielo se despejó y
un magnífico sol nos recordó que estábamos en plena primavera; la
mitad de la dotación desembarcó para festejarlo con un asado en
tierra. Aquel festejo de primavera sería inolvidable: el viento, que
sin duda nos observaba, rotó al SE y aumentó a temporal muy fuerte
que sólo amainó al atardecer, permitiendo el regreso de las
embarcaciones; por la noche ¡27 de octubre! nos envolvió un fuerte
chubasco de nieve seguido por un viento, ahora del SSW, que a las
diez de la mañana alcanzó fuerza de huracán; el mar rompía y pasaba
sobre el islote sacudiéndose peligrosamente: hubo que dar máquinas y
fondear una segunda ancla manteniéndonos así. Esa noche amainó y
durante todo el día siguiente siguió mejorando.
El 29 de octubre, octava singladura,
zarpamos a primera hora con viento de proa y barómetro bajando. Esa
noche cruzamos el golfo San Matías sin viento y con mar calmo. El 30
de octubre, a las 17.25, amarrábamos en Puerto Belgrano.
De regreso al "Granville", mi buque,
encontré todo listo y cuatro días después zarpábamos para cumplir la
séptima etapa de mar que terminaría el 17 de noviembre, lo que me
aseguraba el doble placer de mantenerme adiestrado y pasar mi
cumpleaños a bordo.
Treinta años después
Proa; ¡fondo babor!, ¡pasa el largo
en cuanto pueda!; ¡babor atrás media!; ¡apurando con el largo,
proa!; ¡vamos, tierra!, ¡encapilla de una vez!; ¿qué están
haciendo?.. . Minutos después el buque de pasajeros estaba amarrado
al nuevo muelle de cemento por el que va caminaba una alegre bandada
de turistas ansiosos, embozados en exagerados abrigos que, sofocados
hasta ahora por la calefacción de a bordo, recién hoy podían lucir.
Allí, en el extremo del muelle, la
sonriente Ushuaia bajo un alegre sol indeciso que brillaba en los
restos de la nevada; más allá, la imponente masa de la Cordillera en
la que nuestros impacientes pasajeros ya habían identificado el
Susana y el Olivia, con su corona de nubes; junto al buque, flotando
en las quietas aguas de la bahía, otra vez petreles y gaviotas
disputando con chillidos y aleteos el infaltable trozo de pan. En
suma, una alegre quietud y un silencio audible tras los varios días
de vibraciones y ruidos de las máquinas; el piso, ahora firme y sin
balanceos, daba a los recién desembarcados la curiosa sensación de
tener piernas que se encogían al andar.
Amarrados y fondeados en la bahía
había un total de siete buques: ARA "Buen Suceso", ARA "Chiriguano",
ARA "Sanavirón", ARA "San Pío". "Cabo San Roque**, "Federico C".
"Linblad Explorer".
Las calles asfaltadas y brillantes
mostraban simpáticos negocios llenos de postales y mercaderías de
importación en alucinante confusión: palos de golf, antiparras para
la nieve, relojes cu-cu, sweaters, camisas, juguetes, telas.
Vidrieras empañadas, llenas de centollas y vinos, anunciaban el
reconfortante calor de sus mariscos, cuyo aíoma llegaba a la vereda.
Por todos lados, la alegre invasión de turistas volcaba su colorido,
entre resbalones y risas, con la vitalidad entusiasta y comunicativa
que el frío pareciera inspirar a quienes se sienten protegidos del
mismo.
Tras los amplios ventanales del Hotel
Albatros, un enorme salón de cálida madera y confortables sillones,
permitía aguardar el almuerzo o una comunicación con Buenos Aires,
bebiendo una copa, hojeando el diario del día, o, simplemente,
contemplando la maravillosa bahía surcada de pequeños barcos de
recreo y lanchas pesqueras o avionetas de alquiler.
De regreso a bordo, los pasajeros
programaban las aventuras del día y el "ruido" de la noche:
caminatas a la montaña, sobrevuelo o navegación del Beagle.
excursiones guiadas a los numerosos lagos, posadas y hosterías de la
Isla...
El vuelo de un "jet'* atronó la bahía
y se desvaneció reverberando entre las montañas. Aquella Ushuaia de
mis recuerdos, lejana y fantasmal, ya sólo era un sueño.
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