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Nuestra frontera con Chile
La jurisdicción de nuestras autoridades en la época colonial terminaba
en la cordillera de los Andes, esa monumental aglomeración de montañas
que corre inmediata a la costa occidental de la América del Sur y que se
sumerge en el océano, en la región antartica. Su formación proviene de
fracturas de la corteza terrestre en épocas prehistóricas, que
emergieron del océano elevándose y formando con sus accidentes
geológicos y geográficos, cadenas continuas o fraccionadas en ramales
diversos, en los que en el curso de los siglos se desarrolló vegetación
y vida animal, en la forma y disposiciones que la encontraron los
descubridores y los conquistadores.
Hasta mediados del siglo pasado muchos
accidentes, especialmente en la región magallánica, eran poco conocidos,
no existiendo población europea; ni Chile ni nosotros habíamos intentado
poblar aquellas regiones, ni se había pensado en señalar los límites; no
existían intereses locales de por medio que exigieran aquel requisito.
Por otra parte, la geografía de la región era pobre, sólo existían
cartas marinas incompletas; con alguna aproximación se conocían canales
y montañas en la parte próxima a los sitios por donde se solía navegar.
Doctrinas sobre límites
En la historia de las naciones se referían las causas y las soluciones
dadas a las cuestiones de límites y al respecto había doctrinas que
preconizaban, como medios propicios de limitación, los mares o canales,
corrientes de agua, ciertas montañas, tal vez formaciones geológicas,
etc., que sirvieron para dividir países antagonistas, pretendiendo hacer
imposible o dificultar el avance de unos sobre otros de modo de retener
cada uno el beneficio de su propiedad y al respecto esas doctrinas
recomendaban una cosa u otra, algunas ya con carácter de prácticas
internacionales, creyéndose entonces que en esa forma los intereses de
cada pueblo quedaban asegurados o defendidos.
Pero en nuestra región del Sur no existía
problema alguno de población; la que iniciara Sarmiento de Gamboa,
enviada por España en 1580, desapareció trágicamente sin que se volviera
a repetir; la región continuaba poco conocida y sólo fue visitada
después por comisiones exploradoras o de estudios enviadas por marinas
europeas, por goletas pesqueras que ejercían libremente su industria en
las islas exteriores del archipiélago, y el estrecho de Magallanes
empezaba a emplearse como una cómoda vía de comunicación hacia el
Pacífico.
El Atlántico Sur
Durante la época colonial los españoles tuvieron en las islas Malvinas
un establecimiento penal, con una iniciación de colonia para la cría de
ganado que llevaban de Patagones; en los años 1826 a 1832 Fitz Roy
señala su existencia y la de «gauchos argentinos», y en ella los loberos
y algunos barcos de pasaje se proveían de carne; en 1833 un barco de
guerra británico desalojó por la fuerza a las autoridades argentinas y
arrasó la pequeña colonia, quedando en poder británico esas tierras, a
pesar de los reclamos y protestas de nuestros gobiernos, realizadas en
diversas épocas sin no que hubiera sido posible recuperarlas. Más
adelante llegaron autoridades inglesas, su Marina concurrió a veces, y
gradualmente ese grupo de islas se convirtió en un moderado centro de
comercio, creándose una colonia dedicada a la cría de ovejas que fue
creciendo y mejorando en sus condiciones generales.
Por esa época nuestra costa patagónica
sólo estaba poblada hasta Patagones, en el río Negro, y la primera
población nuestra más al Sur, fue la colonia galesa en el río Chubut,
establecida en el año 1866; habían fracasado y desaparecido todas las
que los españoles pretendieron crear antes en aquellas tierras.
El Pacífico
El gobierno de Chile continuaba en dominio del territorio que heredara
de España en la costa del Pacífico, desde su límite con el Perú hacia el
Sur; esa costa estaba bastante poblada hasta el archipiélago de Chiloé o
tal vez hasta algo más al Sur; tenía marina mercante nacional y por mar
llegaban barcos de Europa, iniciándose ya alguna navegación a vapor por
el estrecho de Magallanes, que era el camino nuevo del comercio, del
progreso y de la civilización europea, y empezaban a cuidarla.
Después de la noticia de la toma de las
Malvinas por los ingleses, Chile, temeroso de que en sus rutas del Sur
pudiera ocurrir algo parecido (Armando Braun Menéndez, Pequeña historia
magallánica), organizó en 1843 una pequeña expedición marítima que mandó
al estrecho y se instaló en Puerto Hambre, sitio de la primera colonia
de Sarmiento de Gamboa, que denominaron Fuerte Bulnes, haciendo constar
en acta su fundación y toma de posesión del estrecho en nombre de su
país. A poco de estar allí llegó al puerto la fragata francesa Phaeton
enviada con propósitos de ocupación, pero que no llevó a cabo al
encontrar la ocupación chilena, cuyo jefe notificó su autoridad local.
Seis años después, comprobada la
inconveniencia del lugar para la vida, la trasladaron un poco más al
Norte, al sitio que ocupa actualmente la ciudad de Punta Arenas. Con la
iniciación de la navegación a vapor desde Europa al Pacífico por el
estrecho, Punta Arenas sirvió de escala de vapores y gradualmente fue
creciendo; posteriores autoridades chilenas buscaron la relación de los
indios tehuelches de la Patagonia, procurando extenderse hacia el
interior y hacia la parte Este del estrecho.
Inactividad argentina
La noticia de esa ocupación tardó en llegar a Buenos Aires y recién en
1847 el gobierno de Rosas formuló protestas al de Chile por ese hecho,
corriendo el tiempo sin que tuviera solución, ya que la política
complicaba todas las decisiones del gobierno; sobrevino la caída de
Rosas, la constitución de nuevas autoridades, la reorganización del país
y muchas complicaciones políticas hasta la presidencia del general
Mitre, con la nueva Constitución, iniciada en 1862; después vinieron las
complicaciones con el Paraguay y posteriormente la fiebre amarilla en la
ciudad de Buenos Aires, de manera que la Patagonia quedó olvidada para
nuestro gobierno.
La Patagonia, Piedra Buena.
Antecedentes
Carmen de Patagones, situada a poca distancia de la boca del río Negro,
había sido presidio con alguna guarnición militar, alrededor de la cual
se creó una población, desarrollándose la ganadería y cultivos; fue
frecuentada desde tiempos de la colonia por corsarios; continuaron
después visitándola para proveerse de víveres muchos loberos y otras
embarcaciones que explotaban sin control los productos de la costa. Por
el año 1822 estuvo radicada allí la familia del general Mitre y algunos
otros comerciantes y pobladores; entre éstos la familia de nuestro
marino, que nació allí en agosto del año 1833 y que desde niño demostró
inclinación por las cosas del río, en el que ya, cuando tenía 10 años,
se embarcaba en las canoas de los isleros todas las veces que podía.

El Capitan Smiley y
Piedra Buena
El capitán de una goleta norteamericana
que lo conoció en una de sus arribadas al puerto, se entusiasmó por sus
características y, con permiso de la familia, lo llevó en su barco hasta
Buenos Aires, donde otros familiares lo acogieron, siguiendo cursos en
escuelas elementales; vuelto a Patagones, el capitán Smiley, de la
goleta norteamericana Nancy, continuó la obra educativa de marino de
este chico y obtuvo de sus padres autorización para llevarlo a bordo, a
fin dé dedicarlo a esa carrera; lo hizo navegar por los mares del Sur,
le tomó cariño, fue su maestro y su guía a bordo, y fue ascendiéndolo
rápidamente en su buque, pasando de grumete a marinero y luego a
ayudante de oficial y capacitándolo para, a los 17 años, nombrarlo
tercer oficial, luego segundo y después primer oficial, o sea 2º
comandante, y, finalmente, capitán del buque y su asociado.
Durante esos 3 ó 4 años pasados en el
mar, navegó por la costa Sur, las Malvinas, el archipiélago fueguino y
hasta la Antártida, ocupándose alternativamente en la caza y pesca de
lobos y ballenas, demostrando Piedra Buena condiciones marineras tales
que, más adelante, Smiley lo llevó en otro de sus barcos, la barca San
Martín (buque de bandera argentina) a Estados Unidos, como capitán de
bandera, haciéndolo cursar allá la escuela náutica hasta tener el título
de piloto de altura; además lo hizo pasar por escuelas de mecánica
profesionales convirtiéndolo en un hombre hábil, lo que demostró en su
vida posterior. Su biografía está llena de relatos extraordinarios de
salvatajes de náufragos, de expediciones de pesca y de conocimiento de
los puertos de la Patagonia, archipiélago fueguino y la Antártida;
consta también en ella su alto patriotismo, que probaba y renovaba en
sus viajes a Patagones y al río de la Plata.

Quedó luego como propietario de la goleta
Nancy, cambiándole nombre por Espora; a la par de dedicarse a la pesca
hizo comercio; transportó ganado vacuno y lanar de Patagones a las islas
Malvinas; en el río Santa Cruz, que exploró en parte, encontró salinas y
fundó un establecimiento comercial en la isla Pavón, al que concurrían
los indios tehuelches a proveerse de víveres y, por el año 1860, obtuvo
concesión de un solar en Punta Arenas estableciendo en él una casa de
comercio y artículos navales, que llevaban desde Buenos Aires.
En 1865 llegó a Buenos Aires para hacer
reparaciones en su goleta Nancy y sus familiares y amigos lo pusieron en
contacto con hombres de gobierno, dando lugar a que les informara de lo
que ocurría en las regiones del Sur, despertando en ellos el interés
sobre esas regiones ignoradas o desconocidas. Reconociéndole su
patriotismo, le prestaron ayuda por los servicios que prestaba al país y
que ejercitaba desinteresadamente, y los que hacía a la humanidad en el
salvataje de náufragos; le dieron el título de capitán honorario de la
Marina, autorizándolo a poner artillería én su buque e izar la bandera
de guerra nacional.
No tuvo nombramiento de autoridad
argentina para aquellos territorios pero, a pesar de todos los
inconvenientes que nuestro gobierno tuvo, hasta el convenio de statu quo
del año 1876, él continuó con sus iniciativas ocupando parte del río
Santa Cruz y terrenos de la costa Sur del río, reconocidos de su
propiedad después, por ley de la Nación; llegó al cabo de Hornos donde
dejó izada una bandera argentina; en la isla de los Estados construyó
algunas casillas, constituyendo en ellas un depósito de víveres y un
lugar de refugio para náufragos; y procuró también -con los indios
tehuelches que recorrían la Patagonia desde el río Negro hasta el
estrecho y comerciaban con él en la isla Pavón- fundar una colonia en
San Gregorio, en el estrecho, cuyo jefe, él cacique Bibois, había estado
con anterioridad en relación con las autoridades de Punta Arenas.
Tratado de límites
Durante las negociaciones entre los dos países se firmaron convenios
parciales o varios proyectos de límites que quedaron sin aprobación en
una u otra parte. Las pretensiones chilenas sobre la Patagonia habían
ido creciendo desde parajes cercanos a Punta Arenas, a Río Gallegos y
ribera Sur del río Santa Cruz, parajes en los que se llegó a construir
algunas casillas como muestra de ocupación; también río Deseado, y
todavía algunos funcionarios chilenos pretendieron hasta el río Negro.
En cambio, en un proyecto figuró una
línea desde un punto cercano a los canales occidentales a la bahía San
Gregorio; pero todas esas cosas terminaron con el tratado de 1881, que
fijó el límite en la cordillera hasta el paralelo 52° y después líneas
convencionales que dividían el terreno cercano al estrecho desde cabo
Vírgenes al Oeste, y en Tierra del Fuego desde el cabo Espíritu Santo al
canal de Beagle, mostrando al definirlas que se tuvieron en cuenta
varios puntos en que actuara Piedra Buena. En el protocolo del año 1888
se especificó la manera de hacer la demarcación en el terreno y después
de aprobado en 1890 se designaron las comisiones en cada país.
Desinteligencias
En su ejecución hubo demoras y diferencias de interpretación, que
llegaron a tener manifestaciones de violencia en la prensa de los dos
países, y llevaron a los gobiernos a hacer preparativos militares
respaldando derechos que aparecían como queriendo ser violados por la
otra parte; Chile había incorporado a su servicio una comisión militar
alemana; nuestro país puso en movimiento, en instrucción, sus guardias
nacionales, dictándose la ley del servicio militar obligatorio. Chile
continuó aumentando su Marina visiblemente superior a la nuestra;
durante el gobierno del doctor José Evaristo Uriburu venciendo
dificultades financieras enormes, nosotros adquirimos en Italia los
cruceros acorazados del tipo San Martín; primero tres y al fin el
cuarto, el Pueyrredón. Para el año 1898 nuestra escuadra se había
completado y el ejército estaba en igualdad de condiciones de
preparación.
En octubre de este año se hizo cargo del
gobierno el general Roca, quien, a pesar de sus características notables
como militar, en sus actos sobrepuso las de hombre de gobierno y dedicó
todos sus esfuerzos al apaciguamiento de la opinión pública, propiciando
los convenios o arreglos para resolver pacíficamente las dificultades.
Con todo, aparecían de vez en cuando nuevos temores; la Sarmiento, en
viaje por Europa, fue a Italia y en febrero de 1902 regresó al país con
un cargamento de municiones complementario para los cruceros acorazados;
en esos momentos Chile estaba construyendo en Inglaterra dos acorazados
de 11.000 toneladas y en nuestra Marina no tuvimos otro recurso que
iniciar de inmediato en Italia la construcción de otros dos cruceros
acorazados del tipo San Martín, mejorado, de 9.000 toneladas.
Revista de la escuadra en Mar del
Plata
A principios de marzo el presidente de la República, general Roca,
realizó en el puerto de Mar del Plata la revista naval más Importante
que se hubiera hecho en nuestra Marina hasta entonces, y que comprendía
los cruceros acorazados, cruceros, torpederos y transportes, con tropas
de desembarco. La presenció desde la Sarmiento, recién regresada de
Europa. El presidente fue hasta Mar del Plata desde Buenos Aires en ese
barco, y después de la revista siguió en él hasta Puerto Belgrano, para
visitar las obras del puerto militar, recién construido, inaugurando los
nuevos diques de carena con la entrada del Garibaldi.
En la memoria que el ministro de Marina
presentara en mayo al Congreso, dando cuenta de sus gestiones en el
Ministerio, pudo expresar que la escuadra que el presidente había
revistado, «constituía una muestra de los medios de defensa naval
organizados, que eran una garantía para la seguridad del país».
Gestiones de arreglo
A pesar de esas seguridades, en general Roca, al regresar a Buenos Aires
multiplicó sus esfuerzos para llevar adelante sus propósitos de terminar
en paz todas las divergencias que ocurrían; envió a Chile como ministro
al doctor Terry, quien en poco tiempo se puso en contacto con las
autoridades y hombres de estado chilenos, llegó hasta el presidente de
la República, doctor Germán Riesco, y entre ambos, en varias
conversaciones personales, realizaron en principio los acuerdos
necesarios que pudieron redactarse y firmarse entre el doctor Terry y el
ministro de Relaciones Exteriores de Chile, doctor Vergara Donoso.
Colaboraron en Chile, en esos arreglos,
hombres de estado de todos los partidos, y entre nosotros, unidos al
presidente Roca, el doctor Pellegrini, el general Mitre, los doctores
Quirno Costa y Amancio Alcorta, ministro de Relaciones Exteriores, que
falleció en esos días, siendo reemplazado interinamente por el ministro
del Interior, doctor Joaquín V. González, a quien le tocó llevar al
Congreso la presentación y defensa de los pactos realizados; actuaba en
Buenos Aires como ministro de Chile el doctor Carlos Concha Subercaseaux,
que tuvo activa e inteligente actuación en todo momento.
Aprobados por los Congresos de ambos
países los respectivos pactos, los gobiernos acordaron que las
ratificaciones se canjearan en Santiago, donde se habían firmado; al
efecto, de nuestro país iría una embajada en el crucero acorazado San
Martín y las ceremonias se realizarían en setiembre, para la época del
aniversario patrio de Chile. Terminada la revista naval y las ceremonias
de inspección de Puerto Belgrano, el general Roca regresó a Buenos Aires
por tren y yo recibí orden de volver con la Sarmiento, que debía
prepararse para un nuevo viaje de instrucción; al regreso vino a bordo
el almirante Solier y algunos jefes de la Armada. Entregué el mando del
buque a mi reemplazante, el capitán de navio Dufourq; los oficiales y
guardiamarinas se distribuyeron en la escuadra, 2 tenientes y la
división número 1 de los guardiamarinas se embarcaron en el San Martín y
los demás proporcionalmente en los otros 3 cruceros, pasando yo por
reciente nombramiento al San Martín, del que me hice cargo a mediados de
marzo. Nuestros cuatro cruceros acorazados continuaban hasta ese momento
en completo estado de armamento y a pesar de la precipitación que hubo
en su adquisición, fue una operación acertada, constituyendo en
Sudamérica un valor militar positivo.
Constitución de la embajada. Comisión
oficial
Constituyó la embajada especial el siguiente personal: teniente general
Luis María Campos, almirante Daniel de Solier, general de brigada José
Ignacio Garmendia, comandante del San Martín capitán de fragata Juan A.
Martin, capitán de navio Guillermo J. Nunes, tenientes coroneles
Francisco Verdier e Isaac de Oliveira Cézar, mayores Tomás Vallée y
Antonio Tassi, y tenientes de navio Vicente Oliden y Bernabé Meroño.

De Izq
a derecha: Tte de Navio Bernabé Meroño, Mayor Antonio Tassi, Tte de
Navio Vicente Oliden, Mayor Tomás Vallée, Tte. Coronel Francisco Verdier,
Cap. de Navío Guillermo J. Núnez, General de Brigada José Ignacio
Garmendia, Almirante Daniel del Solier, Tte. Gral. Luis María Campos,
Diplomático Alberto Blancas, Cap. de Fragata Juan A. Martin, Tte.
Coronel Isaac de Oliveira Cézar.
Dotación del crucero acorazado San
Martín
La dotación era la siguiente: comandante, capitán de fragata Juan A.
Martin;comandante, capitán de fragata Antonio A. Villoldo; tercer
comandante, teniente de navio Enrique Laborde; tenientes de fragata:
Fermín Novillo, F. Nelson Page, Juan S. Atwell, Ricardo Ugarriza,
Enrique S. Fliess; alféreces de navio: Manuel J. Duarte, Eduardo J.
Pereyra, Segundo R. Storni, Julio C. Romano; alféreces de
fragata:Santiago Baibiene, Raúl C. Katzenstein, Tadeo Méndez Saravia,
Agustín Eguren; guardiamarinas: Regino de la Sota, Alberto Hanza, Julián
Fablet, Dalmiro Sáenz, Ernesto Rodríguez, Luciano Ford, Eduardo Gigena,
Manuel Moreno y José Tarragona. Cirujano de primera: doctor Luis A.
Levingston.
Maquinista principal: ingeniero Emilio D.
Olivera; maquinistas de primera: ingenieros Tomás Parfitt, Pedro V.
Álvarez y Rodolfo Morales; maquinistas de segunda: ingenieros Guillermo
Glennie, Esteban Ciarlo y Héctor Flores;fpaquinistas de tercera: Domingo
Santucqfo Manuel F. Pérez, Roberto Ayliffe, Manuel D. Villacian, José
María González, Bernardino Craigdalie; electricista de primera: Juan
Padie; capellán: Rvdo. Padre Esteban Robledo; contador de primera
Enrique C. Depouilly; auxiliar contador Julio A. Quesada; delegado de la
Intendencia de Marina, Juan Carlos Rayces.

Plana
Mayor y oficiales del Crucero Acorazado San Martin, para este viaje.
Viaje a Chile del crucero acorazado
San Martín. Canje de los pactos de paz y equivalencia naval
Conocidas las disposiciones del viaje y
la constitución de la embajada, el 31 de agosto quedó destacado el buque
de la división, embarcándose aquélla, que había ido en tren desde Buenos
Aires; el San Martín izó la insignia del almirante Solier, que era el
oficial naval de mayor graduación que iba, y a mediodía se inició la
navegación.
Fuera del puerto se hizo rumbo a la boca
del estrecho, pasando la derrota a unas 20 millas fuera de la isla
Pingüin, que todavía no tenía faro; el tiempo fue bueno al principio y
luego hubo vientos flojos y con lloviznas; tuvimos un día sin
observaciones y el 4 a la tarde recalamos en cabo Vírgenes, donde
encontramos niebla que impedía ver la costa; todavía no había faros, por
lo que nos aguantamos unas horas fuera de la acción de las corrientes y
al amanecer nos aproximamos de nuevo, pudiendo reconocer el cabo. Con
buena situación seguimos hacia el Sur y entramos al estrecho donde
encontramos tiempo algo más claro que permitió navegar bien; a la tarde
pasamos la primera angostura y al llegar a la segunda se cerró de nuevo
el tiempo con niebla, lo que nos obligó a fondear esa noche en bahía
Phillipps.
El 6, a las 6 de la mañana, continuamos
viaje, pasamos la segunda angostura y seguimos navegando. El tiempo
continuaba malo y volvieron las lluvias, pero pudimos navegar aumentando
la velocidad para recuperar el tiempo perdido en cabo Vírgenes y bahía
Phillipps; pasamos Punta Arenas a 5 millas de distancia sin verla,
ocultada por la lluvia; más al Sur aclaró un poco el tiempo permitiendo
ver la costa, pasamos cabo San Isidro, cabo Froward, y a las 5 1/2 de la
tarde fondeamos en bahía Fortescué, donde pasamos la noche; el 7 por la
mañana zarpamos, siguiendo la navegación por el estrecho.
El tiempo era bueno y claro y pudimos
navegar todo el día para alcanzar a salir a la tarde del Pacífico; a las
5 1/2 teníamos por el través el faro de Evangelistas y poco después
cambiamos rumbo hacia el Norte. En esta última parte de la navegación se
vieron canoas de indios en su faena de pesca y de caza en la costa, que
lo mismo que las tierras montañosas y cumbres nevadas satisficieron la
curiosidad del personal de la embajada, poco habituado a esa navegación.
En la primera parte de la navegación del
Pacífico comprobamos la existencia de corrientes que tiraban hacia
tierra a las entradas y golfos de la costa, pero la navegación se hizo
sin novedad, reduciendo ya la velocidad para llegar a Lota en tiempo
conveniente; el 11, a las 2 de la mañana, avistamos el faro de la isla
Mocha, donde cambiamos rumbo hacia el golfo de Arauco, al que entramos
para ir a fondear en el puerto de Lota a las 14, a 500 metros del
crucero chileno Ministro Zenteno que se encontraba allí a nuestra
espera, arbolando la insignia del contraalmirante Pérez Gacitúa; el
Zenteno saludó nuestra insignia con 15 cañonazos y, a nuestra vez,
saludamos la plaza y le contestamos su saludo.

El
Puerto de Lota y el San Martin a su entrada.
Se cambiaron las visitas, la embajada
bajó a tierra en visita oficial al gobernador de Concepción, recorrieron
los parques de Lota y las minas de carbón, regresando a bordo al día
siguiente por la noche. El Almirante Pérez Gacitúa, que fue compañero
mío como jefe de la subcomisión en la marcación de límites en la región
magallánica, era el jefe del apostadero de Talcahuano cuya jurisdicción
incluía el puerto de Lota; yo quedé a bordo arreglando con él los
detalles de las ceremonias de llegada a Valparaíso, que iban a ser
extraordinarias.
Según el planeo, los buques chilenos
estarían amarrados en tres líneas de boyas a 600 metros de distancia una
de otra y 200 metros de espacio entre boya y boya; la línea cercana a la
costa era para los torpederos y buques menores, en la del medio el
O'Higgins al centro, con algunos cruceros, y en la tercera el crucero
Esmeralda y a popa de éste el San Martín, por el través del O'Higgins.
El fuerte Covadonga iniciaría el saludo cuando el San Martín pasara a su
frente, y toda la escuadra chilena izaría engalanado y efectuaría
salvas; el San Martín debería virar al llegar a su puesto para amarrar a
las boyas con proa afuera. Convinimos con el almirante Pérez Gacitúa que
haríamos la entrada cerca de las 10, hora en que ya se ha levantado la
niebla que suele haber por las mañanas y antes de que soplen los vientos
locales a veces fuertes, que sobrevienen generalmente después de las 10.
El crucero Zenteno daría escolta a nuestro buque en el viaje, pero el
almirante quedaba en tierra para hacer el viaje por tren.
La delegación llegó esa noche a bordo y a
las 2 de la mañana zarpamos con nuestro acompañante navegando en
conserva. Al aproximarnos a Punta Ángeles encontramos a los torpederos
Condell y Lynch, que al avistarnos hicieron rumbo hacia nosotros
incorporándose al Zenteno, aumentado la escolta.
La llegada. Honores y salvas
La niebla había concluido ya de levantarse y desde la boca de la bahía
se vio el conjunto de buques que formaban las líneas de amarraje
mencionadas; pasada la segunda entramos despacio hacia adentro; al
avanzar frente al fuerte Covadonga éste Inició las salvas y estando el
San Martín ya con su proa a la altura del palo mayor de la Esmeralda
fondeamos nuestra ancla, iniciando el giro sobre la izquierda para
amarrar a la boya; en el mismo momento izamos el engalanado con bandera
chilena al tope, haciendo la salva correspondiente y la banda de música
tocó el himno nacional chileno.

El
O´Higgins a la llegada
La escuadra chilena en ese mismo momento
izó su engalanado, haciendo salvas todos los buques; cuando éstos
terminaron, nuestro buque estaba ya en posición entre las dos boyas
amarrado provisoriamente a las 9,50.
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El San Martin y la
escuadra chilena en Valparaíso |
El Zenteno frente a
la Escuela Naval, en Valparaíso |
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Bahía de Valparaíso |
Bahia de Valparaíso |
En seguida llegaron autoridades chilenas
de la Armada y civiles a hacer los saludos reglamentarios, que se
contestaron en igual forma, realizándose en la mañana las visitas
oficiales; el ministro argentino doctor Terry con la comisión oficial de
festejos vino a bordo, recibiéndose también la visita de los almirantes
chilenos Jorge Montt, Director General de la Armada; Muñoz Hurtado y
Goñi, con insignias en los barcos y, más tarde, los gobernadores civil y
marítimo de la provincia. Con un día hermoso la llegada del San Martín
ofreció un espectáculo extraordinario que fue vivamente comentado por
todos los que estuvieron a bordo. El doctor Terry y la comisión chilena
almorzaron a bordo con la embajada, bajando a tierra a las 4 para
empezar a asistir a las fiestas preparadas.

El
Crucero Acorazado San Martin en Valparaíso
El 17 partió la embajada para Santiago,
donde fue agasajada con grandes manifestaciones populares y recibida
oficialmente el mismo día por el presidente de la República,
concurriendo a los festejos oficiales con que el país hermano celebraba
su fiesta nacional.
Canje de los Pactos
El 23 de setiembre tuvo lugar el canje de los «Pactos de Mayo» en una
solemne reunión en «La Moneda», ofreciendo ese día el presidente de la
República un banquete en honor de la embajada argentina; continuaron
diariamente las fiestas oficiales y privadas, incluso un almuerzo
ofrecido por el presidente de la República en su casa particular,
fiestas que se prolongaron hasta el día 30.
Regreso de la embajada a Valparaíso.
El presidente Riesco visita el San Martin
Desde el 19 de octubre, la embajada instalada en tierra, en Valparaíso,
recibió atenciones, retribuyéndolas, y el día 3 el presidente de la
República hizo una visita oficial al San Martín, almorzando a bordo con
sus ministros y oficiales generales del ejército y de la armada.
Recibido a bordo con los honores reglamentarios, de los cuales
participaron los buques chilenos, recorrió con su comitiva el buque que
estaba con la tripulación en «puestos de combate» y que se presentó en
forma irreprochable, lo que fue ponderado después en los comentarios por
los altos funcionarios, los generales, y especialmente por los marinos
chilenos.

Visita del
Presidente y sus ministros, al fondo los buques hacen los saludos
reglamentarios, al cañón.
El 4 de octubre tuvo lugar a bordo una
gran recepción social a la que asistió el presidente de la República y
su señora, funcionarios y autoridades superiores y numerosas familias de
Valparaíso y Santiago, resultó una magnífica despedida a nuestro buque,
iniciándose desde el día siguiente los preparativos de viaje, cargar
carbón, víveres, etc. El día 8 el almirante Solier ofreció a bordo un
almuerzo de despedida a los almirantes y oficiales superiores de la
armada chilena con sus señoras, que constituyó prácticamente el abrazo
de amistad de las dos Marinas, que convertían sus preparativos bélicos
en brillantes fiestas de paz y amistad.
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Muelle Pratt,
Valparaíso |
Calle Victoria,
Valparaíso |
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Antiguo Fuerte
Valdivia |
Miramar |
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Punta de Playa Ancha, Valparaíso |
El San Martín en Talcahuano
El día 9, a las 10 de la mañana, zarpó el San Martín para Talcahuano; al
largar las amarras y ponernos en movimiento, los buques chilenos izaron
engalanado, manteniendo sus tripulaciones en las bordas y las bandas de
música tocando nuestro himno, iniciando ellos y los fuertes salvas de 21
cañonazos, que contestamos a bordo en la misma forma; el crucero
Ministro Zenteno volvió a darnos escolta; frente a cada barco recibíamos
y retribuíamos los vivas, y nos acompañaban numerosas embarcaciones
menores con familias. Al dar vuelta hacia afuera de la bahía, al
perderse de vista los buques, arriamos el engalanado y los vaporcitos
regresaron a puerto, iniciando a bordo la vuelta a la rutina diaria y a
las guardias de mar.

El Fuerte Covadonga
haciendo salvas a la salida del San Martin
A la mañana siguiente, frente a Punta
Carranza, hicimos rumbo directo hacia la entrada de la bahía de
Talcahuano. A medio día, cerca de este puerto, nos cruzamos con el
crucero Chacabuco, recién llegado al país, última adquisición de la
marina chilena, con el cual cambiamos saludos al cañón. Al fondear en
Talcahuano fuimos nuevamente agasajados y se embarcó nuestra embajada.
Yo, por mi parte, tuve oportunidad de reunirme otra vez con mi antiguo
compañero el almirante Pérez Gacitúa y su familia.

Puerto
de Talcahuano
Partida de Talcahuano
La permanencia en este puerto fue sólo de 24 horas. El 11, a las 16, lo
abandonamos acompañados por el Zenteno que, fuera de la bahía, se
adelantó hasta alcanzar nuestro través, en cuyo momento saludó al cañón
y viró de regreso al puerto. En el viaje hacia el Sur fuimos encontrando
vientos del SO bastante fuertes y mucha mar, causándonos rolidos que
pasaron de 25°.

Pasaje del estrecho
El 15 al aclarar tomamos el estrecho, llegando con la última luz del día
al cabo Holland; disminuimos la marcha, pasamos cabo Froward y fuimos a
fondear en Punta Arenas al aclarar; como había viento bastante fuerte
del Oeste entré con el buque hasta el fondeadero interior, para
facilitar las comunicaciones con tierra. El viento arreció durante el
día, bajé a tierra para ciertas visitas oficiales y a la tarde a cenar
en reunión privada con el gobernador marítimo capitán de navio Fernando
Gómez y su señora; vuelto a bordo, aproveché a media noche un momento de
menos viento para levar el ancla y mover el buque hasta fuera del
fondeadero de los pontones de carbón, para estar listos a seguir la
navegación; se había arreglado que la embajada regresaría a bordo en un
remolcador grande del puerto cuando terminaran las fiestas.

Vistas de Punta
Arenas, con el San Martin al fondo en la foto de la derecha.
Durante el día la embajada fue huésped de
Punta Arenas; rivalizaban en atenciones autoridades, comercio y
sociedad. La ciudad tenía algunas calles bien pavimentadas, bastantes
edificios oficiales y particulares de irreprochable construcción
moderna, había numerosas familias chilenas de funcionarios, marinos,
militares y empleados, venidas del Norte, y muchas de comerciantes o
pobladores nacidas o formadas en la ciudad, que constituían un conjunto
atrayente y hospitalario; en el pueblo se notaba, como antes, bastantes
extranjeros y muchos chilotes. Se habían desarrollado, en los
alrededores, cultivos, granjas y lecherías y en los territorios vecinos
al estrecho, argentinos o chilenos, la cría de ovejas continuaba
teniendo extraordinario desarrollo.
Al aclarar llegó la embajada a bordo y a
las 7 zarpamos; navegamos sin novedad por el estrecho; a las 21 lo
abandonamos, hicimos rumbo al Norte, iniciando la navegación por el
Atlántico y el 22 por la mañana entramos a Puerto Belgrano. Durante los
30 días que estuvimos en aguas chilenas asistimos continuamente a
fiestas oficiales y privadas. Oficialmente tuvieron lugar la ya
mencionada comida del presidente de la República y el almuerzo privado
en su casa particular; comidas y recepciones de varios ministros, de las
municipalidades de Santiago y Valparaíso, del Estado Mayor del Ejército
y de varios regimientos, comidas y fiestas campestres, retribuidas por
un banquete al presidente de la República y al gobierno, ofrecida por el
presidente de la embajada, doctor Terry y recepción social.
Paralelamente, en Valparaíso tenían lugar las fiestas de los marinos,
del mismo carácter en tierra y en los buques para todas las categorías
del personal de a bordo, que se retribuyeron en nuestro buque.
Hubo estrecho contacto entre argentinos y
chilenos, desde el personal de la embajada hasta el último tripulante
del San Martín, con los similares del gobierno, pueblo y fuerzas armadas
chilenas. El San Martín fue continuamente visitado por todo Chile,
dejando la impresión de un. instrumento perfecto en su conjunto, desde
su material bien presentado y mantenido, y su personal disciplinado y
moderado, sin dar lugar a incidentes, habiendo recibido a menudo
expresiones muy gentiles. Por nuestra parte volvíamos encantados de la
acogida que nos brindaron, la cual desde el primer momento nos unió al
pueblo chileno haciéndonos recordar las épocas de San Martín y O'Higgins
que rememoraban ahora los nombres de los dos buques jefes, y nos
satisfacía en extremo la vinculación íntima que se realizaba entre los
representantes de los dos pueblos, después de varios años de
desconfianzas; volvíamos encantados con el viaje, con la acogida amable
y franca del pueblo de Chile, y por haber contribuido a que renaciera,
consagrada de nuevo, la antigua amistad de los dos países.
Caras y Caretas publico
este viaje asi. (parcial)

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